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Antonio Ortuño
AGO 20 2017
Estas ruinas

Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

El desierto del Sarahah

El triunfo global de una aplicación como Sarahah, creada por el saudí Zain al-Abidin Tawfiq y que en pocos días ha conseguido quince millones de usuarios (y 130 de visitas), demuestra que el anonimato es un apetito generalizado. Un anonimato que, se entiende, nos permitirá decir la verdad, actividad estorbada por la necesidad de fingir que parecen haber instalado las redes: fingirse, a cada minuto, exitoso, interesante, singular, solidario, bondadoso; fingir que les creemos a nuestros semejantes que dicen que lo son.

¿Qué es Sarahah? Una página en la que una pantallita permite mandar mensajes al usuario inscrito sin necesidad de identificarse. Al estilo de los viejos “chismógrafos” escolares pero con el prestigio de la “viralidad” a cuestas. El usuario tiene que hacer la parte central del trabajo: se registra, divulga la existencia de la página en sus redes y, una vez hecho esto, se sienta a esperar que lluevan anónimos. La aplicación no permite que nadie más los vea. Tampoco hay posibilidad de respuesta, es decir, de interacción. Si el usuario lo quiere, puede compartir los comentarios que considere pertinentes (hasta donde he visto, para pavonearse o reírse). Y ya. ¿Esa es la válvula de escape al reinado de la hipocresía digital?

Durante la semana hice el ejercicio de abrir, durante una hora y 40 minutos, una cuenta en Sarahah. Avisé de ello en mis redes (más de siete mil contactos en Facebook y poco menos de quince mil en twitter). Me puse como meta recibir cien mensajes en un par de horas. Al final fueron 117 en poco menos del tiempo previsto. ¿Qué fue lo que dijo la gente interesada en experimentar con el anonimato? ¿Secretos tremebundos, retenidos a duras penas y ahora liberados? Me temo que no. En una mayoría aplastante (alrededor de 90 mensajes), los envíos consistieron en saludos, apapachos, felicitaciones: “Siempre te leo”. En segundo lugar, y a mucha distancia, la crítica. Dos mensajes insultantes (uno impublicable y otro perdonavidas, del tipo de “no eres malo pero te falta mucho”) y cerca de siete de tono agridulce: me gustó tal texto pero tal otro no, escribes bien pero te ves viejo o gordo o te vistes mal.

Otros (alrededor de diez) aprovecharon la oportunidad para rizar el rizo, es decir, para mostrarse suspicaces sobre los motivos de mi interés en escribir sobre el tema, comportamiento usual en las redes. “¿Por qué avisas antes que es para escribir una columna en vez de hacerlo al natural?” (como si abrir un Sarahah fuera un proceso biológico). Un contribuyente, con una autoestima digna de un monumento, apuntó que, en el fondo, lo que yo intentaba era que gente brillante (como el emisor) me hiciera la chamba “porque ya no se te ocurren ideas” (las ideas que se le han ocurrido a quien creo que lo remitió no han trascendido nunca más allá de la acera poniente de avenida Chapultepec, cabe anotar). Las que nunca aparecieron fueron las confesiones estrepitosas, con una excepción: un anónimo, que se identificó como parte del género masculino, “me hizo propuestas” (por citar una frase de mi tía). No puedo corresponder pero agradezco la flor.

¿Es diferente esta proporción y naturaleza de mensajes comparada con la que es posible identificar todos los días en mis redes “abiertas”? No. Los mismos saludos, los mismos reparos, los mismos sermoneadores que engolan la voz y dicen cosas como “para qué hacer esto en vez de salvar a la vaquita marina”. La única novedad fue que me salió un galán anónimo. En fin: más de lo mismo pero con un velo “liberador”. O mis contactos son todos personas muy bien educadas o el anonimato no importa demasiado un tiempo en el que perdimos el pudor de decir, minuto a minuto, lo que sea.

 

Antonio Ortuño

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