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Sergio Oliveira
AGO 19 2017
Motor de arranque

Por Sergio Oliveira oliveira@informador.com.mx

La insostenible necesidad del automóvil

No hace mucho los atascos en el tránsito eran un desagradable privilegio de las grandes ciudades, pero desafortunadamente ya no es así. Esas inmensas concentraciones de automóviles ya llegan más allá de las llamadas ciudades medianas y alcanzan a las urbes chicas. Andar en automóvil ya no es tan rápido como un día lo fue. Trasladarse en un coche puede de hecho ser la menos eficiente de las formas de locomoción, aunque para muchos de nosotros siga siendo, al menos en ratos, la más placentera. Los que nacimos en el siglo XX vivimos el esplendor de la era del automóvil, pero el futuro de la humanidad pasa por la eliminación de éste, o al menos la completa transformación de su uso, a pesar de la nostalgia y hasta dolor que esto pueda causarnos a varios de nosotros.

La popularización del coche, originada por el genio visionario de Henry Ford a principios del siglo pasado, fue el pretexto perfecto que encontraron los gobiernos de todo el mundo para no invertir en una política de transporte colectivo. Los ciudadanos encontraban en el auto la forma ideal de locomoción, que los permitía ir y venir a ellos y a su familia en una burbuja de intimidad, confort e independencia. Esa misma independencia hizo que lo que en un principio era familiar se transformara en individual. Una pareja con dos hijos cuyas edades estuvieran apenas arriba de la mínima permitida por ley para conducir, con frecuencia significaba una casa con cuatro automóviles. La clase media pasó a tener cuando menos dos coches en sus casas y con ello la necesidad de guardarlos de una manera más o menos segura, lo que eliminó los jardines en favor de las cocheras y dejó las ciudades menos bonitas y también mucho menos amigables.

Dos autos por casa -cuando menos- en una calle de 40 residencias, son nada menos que 80 coches luchando por un espacio en las arterias rumbo al trabajo, colegio o la diversión. El resultado es obvio, los coches funcionando como placas de grasa en las arterias urbanas que pueden colapsarse con cada vez más facilidad, causando micro “infartos” urbanos.

 

Más de 120 millones de autos por año

Como siempre, las cosas van a empeorar antes de mejorar. En 2016 se produjeron 77 millones de automóviles en todo el mundo. 24 millones de esos solo en China. Casi 4 millones en México. Ese número se estima irá creciendo hasta llegar a cerca de 120 millones de autos nuevos por año circulando por las calles de todo el planeta. Obviamente ese crecimiento se da en el llamado mundo en desarrollo, esa expresión menos agresiva que encontraron los países ricos para usar en lugar de la más realista pero despectiva expresión que nos definía como “tercer mundo”. Porque en el primero las ventas van a la baja o están estancadas. Lo que los gobiernos de América Latina hacen de manera aún tímida al abrir ciclovías y construir líneas de tren urbanas, ellos lo hacen con mayor velocidad, como siempre, porque saben que no es posible poner un paso a desnivel en cada semáforo o construir un piso elevado arriba de otro y arriba de otro hasta el infinito. El hombre, como especie, necesita bajarse del automóvil y subirse al transporte colectivo, que puede incluso ser un auto conducido por una computadora en el que viajen cuatro o cinco personas, todos trabajando en el trayecto con sus celulares. Un país desarrollado no es el que permite a sus ciudadanos comprar un auto para librarse de la necesidad de usar el mal transporte público, sino uno en el que los ciudadanos prefieren usar el tren, el metro o el autobús.

Durante las seis o siete décadas más recientes el automóvil fue una necesidad, algo con el cual muchos soñamos no solo por contar con una herramienta de traslado, sino por estatus social. Pero esto ya se mostró insostenible. Conducir un auto en el futuro debe ser un hobby, algo al que acudimos a un lugar especial para hacerlo, no la única forma decente de movernos como hoy en día. Aún estamos lejos de lograrlo, tal vez sean necesarias otros seis o siete décadas para ello, pero es sin duda la dirección en la que nos movemos, mejor dicho, a la que nos tenemos que mover.

Sergio Oliveira

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