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Laura Castro Golarte
AGO 19 2017
Ciudad adentro

Por Laura Castro Golarte lauracastro05@gmail.com

Hasta parecen de verdad

Si la lucha por el poder político en México tuviera como motivación el servicio público, la definición democrática y la puesta en marcha de un proyecto de nación emanado de nuestra historia, de nuestra realidad y de nuestras aspiraciones, consensuado y progresivo, seguramente no seríamos espectadores del teatro de las falsedades, de las vanidades y del ridículo como sucede justo hoy y ayer y seguramente, mañana.

Los tres grandes partidos que han llegado al poder y que han sido y son gobierno, son una muestra fehaciente de que lo que menos les importa, pese a los mandatos constitucionales, es operar como entidades de interés público y actuar en consecuencia. Los otros, hasta ahora, los que prácticamente no han sido gobierno (y me refiero al poder ejecutivo), sobreviven gracias a que se han colgado de los grandes para financiarse de recursos públicos y, obviamente, para los grandes son útiles; acuerdos no escritos de mutua conveniencia muy, pero muy alejada de lo que debería ser y de lo que en México se requiere.
Otro sería el escenario si los partidos y sus militantes funcionaran bajo la lógica del servicio, la de sacar al país adelante, la de superar rezagos, la de trabajar para recuperar el tiempo perdido en materia de salud, educación, vivienda, infraestructura, empleo; y también si los propósitos incluyeran el impulso de un proyecto de nación que tenga cabida para las mayorías. No es así, y lo sabemos.

Ahora somos testigos de un espectáculo que nos han impuesto gracias a la manipulación legal que ejercen derivada del monopolio del poder y todos los partidos, ninguno se salva, están enfrascados en las elecciones del año entrante con todos los cálculos, omisiones y decisiones que esto implica, todas por lo general en detrimento de la sociedad que los mantiene.

En las últimas semanas he escuchado cuestiones aparentemente tan simples como que se apresuren trámites este año porque en 2018 “todo mundo” estaré en campaña, tratando de acomodarse de un lado o de otro; de no perder el hueso o la plaza; pensando (y rogando) en elegir bien para no equivocarse, para no “moverse” porque si no, no salen en la foto; o para moverse si es lo que demanda la clase política de hoy, dependiendo de para dónde y con quién.

Estamos ya en la dinámica de cada seis años, se avecinan las elecciones “grandes”, las que incluyen la presidencial y en este circo también participan los proveedores electorales de cuanto material promocional. El negocio es redondo y las ganancias pingües para quienes “se ponen vivos” o para quienes tienen conocidos dentro del sistema político mexicano.

Creí muy tímidamente, de hecho fue un pensamiento en verdad precario, que quizá en esta ocasión podía ser diferente, pero no. Incluso me sorprenden muchos colegas que ya están inmersos de plano en las adivinanzas políticas, en los cálculos, en el análisis electoral y electorero, que siguen líneas o no, pero que no hablan de otra cosa: que si la asamblea del PRI, que si la del PAN o la del PRD, estos grandes parapetos en los que hasta parecen de verdad, que hacen como que trabajan y cumplen con los mandatos constitucionales y estatutarios. ¿O a qué suena el siguiente objetivo: promover entre la militancia una participación plena, abierta y libre, así como una reflexión profunda sobre el proyecto de nación al que aspira el partido? Si no tuviéramos la experiencia que acumulamos en el modus operandi de los partidos en México, pensaríamos que ese es el instituto para votar por sus candidatos; un partido que toma en cuenta a su militancia de entrada ya va de gane; no se diga si además habla de participación plena, abierta ¡y libre! Y bueno, lo demás que el lector ya leyó. Seguramente con este objetivo cualquier partido se sentiría aludido. Ya sabemos que sus idearios y estatutos son perfectos, la cuestión es que a la hora de la práctica nada es cierto y de todos modos nos llevan al baile, de todos modos la corrupción campea, la descomposición de la clase política, la incongruencia entre decir y hacer; las promesas incumplidas y todo.

Si como sociedad civil no es posible, porque la frenan, emprender cambios reales y de fondo en nuestro sistema de gobierno ¿para qué el teatro? Eso ya nadie lo cree, quizá ellos, que hasta parecen de verdad.

Laura Castro Golarte

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