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Antonio Ortuño
AGO 18 2017
El mundo alucinante

Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Las garras del zombi

Leí, hace unos días, un par de novedades literarias nacionales: Apocalipsis Zombi, del capitalino José Noé Mercado, y Efecto vudú, del michoacano Édgar Omar Avilés. Narraciones, ambas, eficaces y divertidas, que beben de una de las ramas más populares de la fantasía contemporánea: la que explora al personaje del zombi, ese monigote “muerto en vida” que comenzó como una suerte de víctima del hipnotismo (o el envenenamiento sobrenatural) antillano y que, gracias a películas como las del recientemente fallecido George A. Romero y sus epígonos y, sobre todo, al éxito del serial The Walking Dead, se transformó en un cadáver poderoso, insaciable, medio podrido y muy virulento, que ha ocupado ya un lugar preeminente entre las criaturas mágicas, junto a vampiros, hombres-lobo, momias, brujas y demás.

Al abordar temas como este, sobran los críticos que se revuelven en la silla. Porque el medio literario mexicano ha visto siempre con gran desconfianza a la fantasía y al tipo de literatura que el especialista Alberto Chimal llama “de imaginación”. Y porque, tal como reclaman muchos de los autores que practican ese tipo de escritura, la mayor parte de las editoriales no la toman con demasiada seriedad. La discusión no es, me parece, si buena parte de los originales del género que las susodichas casas editoras reciben es de pésima calidad. Eso sucederá con cada manifestación literaria bajo el sol. La calidad es, siempre, excepción y no una norma.  El punto está en que si las editoriales no apuestan por nadie, será muy complicado que encontremos a nuestros Bradbury, LeGuin, Gorodischer o Tolkien locales (y tampoco, y eso debería interesarles a las finanzas de los editores, los Rowling o King de por acá).

¿Cuáles son los motivos del desprecio por la fantasía que campea entre cierta crítica nacional? A vuelapluma, puede decirse que dos. El primero es que al provenir, mayoritariamente, de la cultura popular anglosajona (aunque adquiera, entre nosotros, ropajes prehispánicos o coloniales, los arquetipos del género y casi todos sus clásicos proceden directamente de Inglaterra y Estados Unidos), se entiende que este tipo de ficción es poco más que una imitación lineal. El segundo es que muchos de los autores que gustan de este tipo de temas no tienen una formación literaria mayor a los límites de su género y, por tanto, sus textos suelen estar escritos en un lenguaje vehicular y mostrar pocos alcances estéticos. Ambos reparos, como se ve, recurren a la reducción al absurdo y hacen, sin duda como facilismo, tabla rasa. Porque queda claro que numerosos autores de fantasía, a lo largo del planeta, sí que tienen esa formación estética y esa ambición formal y, sin negar las fuentes de sus entusiasmos por el género, han sido muy capaces de trascenderlas.

Antonio Ortuño

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