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Antonio Ortuño
AGO 13 2017
Estas ruinas

Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Lo que se toma en broma

Hay que tener cuidado extremo y sensibilidad al referirse a ciertos asuntos, para no proferir alguna salvajada irresponsable. Asuntos como los abusos que sufren miles de menores de edad, por ejemplo, y que en los tiempos recientes han comenzado a ser tomados, por algunos, con una seriedad que, en el pasado y aún a veces ahora, se les hurtaba y se les hurta. Y cuando se trata de abusos contra varones, la burla y el silencio parecen crecer.

Veamos. En las recientes semanas las redes han estado saturadas con historias como esta: una maestra de secundaria de Monterrey, Nuevo León, fue exhibida en un video en el que sostenía relaciones carnales (este eufemismo del viejo periodismo siempre había querido usarlo) con uno de sus alumnos, supuestamente “a cambio de buenas calificaciones”. A la educadora le hicieron toda clase de chistes en las redes, le iniciaron investigaciones oficiales y prácticamente la convirtieron en el personaje del mes antes de que las autoridades informaran que el muchacho con el que había sido grabada era un exalumno mayor de edad al momento de los hechos (qué curioso, escribir en este lenguaje de nota policiaca) y no había, por tanto, delito que perseguir. A alguien podrá parecerle un desatino la diferencia de edades, y a todos debería inquietarnos la facilidad con que se “comparten” videos íntimos con la finalidad de humillar, pero esos son discusiones aparte. El asunto acá es que el abuso fue tomado como un chiste. Porque es un tema que crispa a las víctimas y sus familiares, sí, y a las almas solidarias, pero que en ciertos casos le sigue pareciendo solamente una broma a una capa enorme de personas.

Acá traigo a cuento algo que dije al principio: los círculos académicos, periodísticos y progresistas de las sociedades han dejado de “normalizar” (no soy partidario acérrimo de estos términos de ong pero a veces son útiles) el abuso en automático. Sostienen (sostenemos) que una acusación no es algo que se pueda tomar a chacota o que deba ocultarse como si fuera secreto de estado (cosa que ha sucedido, a lo largo del tiempo, con cientos y cientos de imputaciones vertidas contra gente “respetable”, de círculos políticos, artísticos, religiosos, públicos, etcétera). Porque lo más común ha sido, siempre, quitarles hierro, minimizarlas, esconderlas, en vez de denunciar, indagar, deslindar, proceder contra los culpables.

Y quiero referirme al caso específico de la profesora. Basta revisar las redes, cuajadas de casos semejantes referidos como anécdotas, para darse cuenta de la fascinación que despiertan entre la prensa y la sociedad estas historias. Muchos hemos conocido testimonios de compañeros, parientes o allegados al respecto, a lo largo de los años, y, sinceramente, debemos aceptar que en general han sido tomados como anécdotas picarescas y no como tema como para preocuparse. Es probable que muchas no fueran más que calumnias y fantasías propias de chamacos o historias sacadas de contexto (tal como sucedió en Nuevo León); pero otras fueron reales. Y si bien algunos de quienes pasaron por ellas las ostentaban y no las ocultaban, otros, que en su mayoría callaron, sufrieron y se sintieron víctimas y no “seductores”. Ostentación fue, justamente, lo que sucedió con la profesora de Nuevo León, cuyo exalumno la exhibió para vanagloriarse como “todo un hombre”. En cambio, muchos abusados han optado por el silencio, ante el temor de ser, a su vez, exhibidos. Vaya: qué difícil es navegar estas aguas.

Escribo desde el azoro. Que casos como el de la maestra de Nuevo León hayan sido tomados mayoritariamente como un chiste muestra el trecho enorme que nos falta recorrer para comprender la profundidad del tema.

Antonio Ortuño

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