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Juan Palomar Verea
AGO 13 2017
Diario de un espectador

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Diario de un espectador

Atmosféricas. La palma solitaria en su pedazo de cielo no cesa en su trabajo de predecir el tiempo. Suelta sus hojas al aire y anuncia la tormenta cercana con un sonido de pájaros tomando el vuelo. O emite tales silencios que no pueden más que profundizar la contemplación de su estampa imborrable. Cuando el día está templado y alguna brisa la alcanza se ocupa simplemente en celebrar la bonanza, y el murmullo de su follaje, tan leve, es como la confirmación de la dicha posible. El jardinero, el maestro, va y viene con el mismo paso imbatible con el que ha atravesado décadas y calamidades y milagros. Reflexiona, considera, entiende. Consulta las medidas pensadas, las ejecuta con sencilla deliberación. A veces se detiene, y suelta una frase que resuena con el antiguo metal del que acuñó el mismo Homero sus cantos. Y oír entonces largamente su eco. 

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Fue en otro país y además la doncella se ha ido. Su padre, para encontrar algún consolamiento de la pérdida de su mujer, traducía a Rilke. El potente país brasileño se mecía lentamente con el viento atlántico. Una casa aérea, muy arriba de las copas de las palmeras, levitaba y en los muros las pinturas de un artista ya olvidado formaban huecos por los que los barcos se iban a navegar por el cielo del Paraná. Desde las ventanas se podían ver alejarse con el óxido de sus grandes cascos relumbrando al sol. O más bien estaba nublado y cada navío repartía los destellos que le había impartido una muchacha que, distraída y leve, parecía –y nomás parecía- no darse cuenta del fenómeno. Era después, a lo que se sabe, ya tarde en la noche, y por los huecos entraba un aire agreste que hablaba de selvas y de campos labrantíos quebrantados por el sol de la jornada. Dos, tres pinturas de la señora ausente ondulaban también por la habitación con una lentitud al principio imperceptible. Un perfil altivo y dulce de quien se sabe ya en otra parte, un rostro iluminado por afanes largamente idos, unos trazos titubeantes ante el acecho de las saetas de una juventud invencible, de ciertos propósitos seguramente cumplidos. Aletean también los retratos y se dispersan sobre la ciudad iluminada como raros pájaros del verano. Poco a poco no fue quedando nada. Solamente un olor a jazmines y árboles anochecidos, y la muchacha. Un sabor, tal vez, del mismo vértigo. Al final, la voz que repetía un poema de Rilke. Y un rastro como de garras imposibles, tan dulces ahora.

Día de otoño

Señor, ya es tiempo. Grande ha sido el verano.
Tiende tu sombra sobre los relojes
de sol, y desata los vientos por el campo.
Haz madurar las frutas más tardías,
dales dos días más de sur,
fuérzales a acabar, y echa
el último dulzor al vino recio.
Quien ya no tiene casa, no la construirá.
Quien ahora está solo, lo estará mucho tiempo.
Velará, leerá, escribirá largas cartas
e irá por los paseos, deambulando
de un lado a otro, mientras las hojas caen.


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La nogalera futura. Se extiende todo alrededor del caserío y le da, con sus hondos verdes, la gravedad y la alegría de los mejores paisajes de Constable. La alzada misma de cada nogal propone una grandeza natural y simple que habrá de anidarse en el corazón de los niños a quienes verá crecer. Así, la enseñanza de cada árbol, el conjunto de sus alamedas, la perspectiva de sus follajes, propagarán una bondad que calará en las conciencias y en los propósitos. Entre las ramas, seguirá crepitando bajo los soles del estío la bravura de los campos de nuevo pródigos, seguirá avistándose el horizonte que a tantos se ha tragado, que a tantos habrá de devolver. De lejos, saludará otra nogalera desvanecida en el tiempo con todas las minuciosas cuentas de las cosechas de nueces, potrero tras potrero, escritas con aplicada mano en un cuaderno que perdura. Si se le abre en cualquier lugar, una hoja de nogal vuelta casi nada por el tiempo entregará su inscripción: hic et nunc.

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Hey you! You with the stars in your eyes!

Se podría declarar que es éste uno de los más afortunados encuentros con los versos leídos. Una línea nomás, unas cuántas sílabas, dos signos de exclamación, que tanto pueden chocar, y que aquí son exactos. Un saludo jubiloso, un reconocimiento, un reclamo. El ritmo, la imagen potentísima, la pasmosa sencillez para declarar todo el poderío de la contemplada, para declarar su gozoso reinado sideral. El sonido de las vocales que parecen perseguirse, que terminan en la apertura inmensa de unos ojos. (Es Christopher Marlowe en El Judío de Malta.)

¡Eh tú! ¡Tú con las estrellas en tus ojos!

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Coleccionista de azogues diluidos. Es cosa de bien pensarlo. Ya Demócrito advirtió que todo es nada, salvo átomos y espacio. En esas distancias siderales que encierra el trozo más recio de acero vagan los fantasmas de todo lo que ha sido. Los espejos hacen lo mismo, pero sus azogues multiplican al infinito las apariciones. Entre cada átomo de la delgadísima capa que capta los cielos y el discurrir del tiempo flota no nomás la vera efigie de quien allí se miró, sino su ánima misma, por siempre destinada a dejar en su reflejo la réplica exacta de sí misma. Partículas indivisibles, pensaba Demócrito. Los siglos y los descubrimientos revelaron después otras cosas. Pero es lo mismo: el espacio no hizo más que crecer rumbo a sus reductos indecibles. Por eso aparecen, en casa del coleccionista, de cuando en vez otros espejos. Puestos al aparente azar en los cuartos o en el jardín traen consigo universos completos, aluviones de la más lejana prehistoria, incendios en Constantinopla, orgullosas miradas de mujeres bereberes, tranquilas tardes frente al estrecho de Groenlandia, vuelos de pájaros inmensos en la Amazonia, conversaciones frente a un hogar de Lituania. Y, ahora, la felicidad de los niños, el alboroto de la llegada de los amigos, los cotidianos gozos y las fatales sombras, la callada épica de los días que corren irán, como una difícil bendición, a completar ese universo. A question of balance, como dice Moody Blues.

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Rembrandt: la escalera en el Louvre. Primero hablar del edificio, laberinto lineal, grandezas ahora tan extranjeras, lugar de los ascensos y descensos de escaleras que terminan por hacer perder la orientación a quien lo recorre. Apenas, cuando se puede, mirar al río o a los jardines y recuperar trabajosamente el rumbo. Internarse al azar en las salas. En un muro lateral, discreto, aguarda el pequeño cuadro. Y es, para decirlo de una vez, todo el esplendor del mundo. No es un paisaje glorioso o el retrato de una muchacha en sus días de triunfo, ni la victoria después de la angustiosa navegación. Es un viejo sentado a la vera de una ventana, y es una luz de vertiginosa irrealidad, de gozo y de inefable gracia. Son amarillos y dorados que actúan sobre la sala toda y eclipsan cualquier otro lienzo desde su mínima dimensión. Para ahondar el ya tan lejano descubrimiento, trazado de memoria para no perder su potencia, una escalera de caracol describe su trayecto a la mitad de la composición. Alterna sus luces y sus sombras, hace eco en su espiral a las cavilaciones obstinadas del viejo, significa en su giratorio vuelo la ardua subida del alma. Pero es en otro nivel que funciona con mayor poderío el cuadro: en el del puro resplandor de su presencia dorada, apacible e indómita, que a través de los mares y los años sigue incendiando el alma.

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México. Fatigan los días y se agotan contra el tráfago de la ciudad despiadada. Caminatas entre pavimentos destruidos, frondas sacrificadas gracias a la tontería, el bosque que transcurre frente al navío inmóvil de combada proa. Planes y proyectos, esbozos de lo que podrá ser, el juego de las palabras contra el muro de la obsesión. Y dos láminas con los jeroglíficos de unas vidas. Hallazgos, una, dos contribuciones para la isla de los quinientos libros. Una casa que aletea en el aire, que busca dónde encontrar su suelo, ser propicia para una muchacha. Y el cumpleaños del poeta, su aire fatigado y resuelto de quien sabe que encontrará el triunfo y la salida. Jose el cineasta cuenta su siguiente incursión, habla de heridas y remedios. Dos viejas señoras que completan la tertulia y que bien saben cantar. Se levanta la ebriedad sobre su hilo de aire y Shadow monologa como quien distraídamente alumbra una inesperada pirotecnia. Todo viene a dar al borde del jardín de la casa verde, a una calmosa conversación, a la cazadora que imparte su nombradía, a las arboledas que apacienta, al fuego que sigue.

Juan Palomar Verea

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