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Carlos Enrigue
AGO 13 2017
Ayer decíamos…

Por Carlos Enrigue carlosenrigue@hotmail.com

‘De arte contemporáneo y otros males’

Para nuestro infortunio, en estas temporadas de elecciones fingidas como actos de gobierno, para todos resulta prácticamente imposible creerle a algún político, ya que fundamentalmente todo lo que se diga de los rivales será cuando menos falso si no abiertamente calumnioso. Digamos que la calidad humana no es por ahora un material de uso común. Y ahora que muchos de nuestros amados líderes han decidido mostrar sus facetas culturales, pues los otros opinan criticando ese conocimiento, si es que existe.

De verdad que es una cosa horrible, aunque necesaria, reconocer nuestra ignorancia, entre otros temas sobre eso que se ha llamado arte público, ante el cual declaro mi absoluto desconocimiento, pero lo hago no sin que me surjan un puño de dudas tales como si a pesar de la reconocida rusticidad de nuestro conocimiento sea válido pensar -desde luego en la intimidad- si ese algo te gusta o no te gusta y teniendo un mucho de desfachatez, poder expresar el grado de emoción que pueda causarte esa obra.

Nuestra ciudad, por la razón que usted quiera, se ha convertido en cierta forma en un campo de batalla ideológico acerca del valor o carencia respecto de ciertas esculturas elegidas por nuestros epónimos gobernantes o por gentes a los que éstos creen que saben del tema. Sin que yo conozca el grado de conocimiento que tienen nuestros tlatoanis acerca del arte público o privado, lo que nuestras amadas autoridades (que son tan buenas y tanto se sacrifican por nuestra felicidad y la belleza de nuestro entorno) sienten que hacen en cumplimiento de su obligación es buscar que seamos felices o que aprendamos a serlo, al ignorar lo infelices que somos y lo bien que nos iría si obedeciéramos, aquello que nos conviene y así, se han lanzado a embellecer la ciudad.

De tal modo que queda pendiente la opinión informada o desinformada que los ciudadanos a los que puede gustar o no la totalidad, alguna o ninguna de las obras en cuestión, negativa que es sin duda un derecho humano.

Pero sin duda hay diferencias de cómo se adquieren, así, mientras en la capital las obras que se presentaron están siendo adquiridas a precios a cargo del erario público (sin discutir si este gasto es justo o no), en la villa casera de Zapopan el mandón ha conseguido que las obras de arte sean regaladas, sólo facilitando su exhibición, lo que ha hecho que las gentes lo reciban con más agrado.

Houellebecq establece que “ya se sabe que al gran público no le gusta el arte contemporáneo”, si bien menciona de la misma forma que “si cruza por casualidad un lugar donde se exponen obras de pintura o escultura contemporánea, el transeúnte normal se detiene ante ellas. Aunque sólo sea para burlarse”, de tal modo que la obra de arte es cuando menos inocua ya que lo peor que puede sucederle es haber perdido el tiempo.

 

@carlosmorsa

 

Carlos Enrigue

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