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Guillermo Dellamary
AGO 10 2017
Misiva

Por Guillermo Dellamary delamar@yahoo.com

Confusión entre los buenos y los malos

En México ya no sabemos distinguir quien es peor, si “el pinto o el colorado”.

El color del partido ya no nos revela la ética necesaria para otorgarles nuestro voto de confianza.

Pues como ya hemos visto, los que parecen héroes, también suelen ser villanos, y los que resultan como tal para otros son magníficas personas.

En el curioso arte mexicano de simular y aparentar ser lo que en realidad no se es, o en la demagogia hacer notar que se sabe mucho de algo que en realidad se desconoce, vivimos en una pseudo cultura de la confusión.

Las acaloradas discusiones entre los seguidores de un partido político con sus oponentes, fácilmente acaban cuando se proponen acuerdos y alianzas por buscar el mismo interés de conquistar o retener el poder.

Ya no importa si se tienen o no claras ideologías políticas y si éstas son compatibles entre sí. Lo que importa es negociar y conseguir más votos.

La izquierda mexicana se necesita unir entre sí, señalan algunos de sus líderes. No importa si el candidato es bueno o malo. Es la propuesta de la izquierda. Lo mismo sucede con la derecha.

Los valores éticos se quedan arrumbados en el cajón de la moral pública o en los recintos de la tradición escolástica.

La pregunta de ¿quién es el mejor candidato para gobernarnos? No reside en su comportamiento y postura ética, sino en si aglutina masas o gana prestigio y fama entre un pueblo amorfo y muchas veces ignorante. Lo que interesa es sumar votos.

Estamos confundidos, porque los narcos llegan a ser héroes y los políticos se hacen delincuentes y aun así el sistema los protege y defiende, a pesar de sus fechorías.

El embrujo de vivir con una esquizofrenia política nos ha llevado a ya no saber distinguir a los buenos políticos de los malos. Ya caemos en la ambivalencia, de que todos tenemos algo de las dos. A veces somos buenos y otras malos. El hecho de ser o una u otra, queda relegada al mundo de las ilusiones y las utopías.

El mexicano compra, con prontitud, las esperanzas que le venden los maestros de la oratoria, herederos de los viejos discursos de templete con bandas, matracas y viejos estandartes de las organizaciones obreras, campesinas y populares.

Mientras las máscaras y los atuendos sigan cubriendo la realidad de los políticos y los partidos que los cobijan, no habrá manera de desnudar la verdad de todos estos personajes que han sabido construir una vida doble, entre lo privado y lo público, entre lo íntimo y lo familiar.

Al fin y al cabo la confusión es ganancia de pescadores, exactamente como un río revuelto.

Somos propensos a ser fáciles víctimas de los agitadores y promotores de las confusiones que nos impiden develar la verdad y la claridad de quiénes son realmente los políticos en turno.

Urge recobrar la claridad de saber quién es honesto, sincero y desde luego una persona ética en quien confiar.

Guillermo Dellamary

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