Guadalajara, Jalisco

Miércoles, 16 de Agosto de 2017

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Jaime García Elías
AGO 9 2017
Entre veras y bromas

Por Jaime García Elías opinion@informador.com.mx

– “De mi arte a tu arte…”

Alguien tiene que decirlo. En nombre del respeto a la ciudad en que se vive, y que es deber de todo ciudadano bien nacido y obligación de sus gobernantes, alguien tiene que decir “¡ya basta…!”; que Guadalajara ya ha soportado demasiadas agresiones al paisaje urbano —como lo denominan los entendidos— en nombre de la alianza, por demás ilícita, entre la mediocridad y la petulancia de supuestos artistas, y la complacencia de gobernantes con ínfulas de dejar huella, tan perpetua como sea posible, de su paso por los cargos públicos que desempeñaron; que no hay derecho a seguir destinando fondos públicos que preferentemente deberían aplicarse a resolver carencias básicas de la población —seguridad pública, por ejemplo— para “invertirlos” en estramancias que, lejos de embellecer a la casa común, la afean ostensiblemente.

-II-

Si se pretendía, como expresó el presidente municipal de Guadalajara, Enrique Alfaro, al inaugurar, la semana pasada, la escultura denominada “La Pluma”, “rendir un homenaje a los escritores y periodistas caídos”, es probable que la intención haya sido buena… aunque quizá los mismos escritores y periodistas que han sido arteramente asesinados por denunciar la corrupción y la complicidad —por omisión, al menos— de ciertos gobernantes con ciertos delincuentes, hubieran preferido, en vez de discursos huecos y esculturas monumentales de valor estético más que discutible, decisión política y eficacia de las instituciones para erradicar las lacras que ellos combatieron hasta el extremo de dar la vida en esa lucha.

-III-

Cuando el Instituto Nacional de Antropología e Historia desautorizó la pretensión de instalar “La Maceta” –otra estramancia elevada por decreto oficial a la categoría de “elemento ornamental”— en el Jardín de Aranzazú, los autores del dictamen dejaron sentado, tácitamente, un criterio estético: que la intención de colocar en ese sitio la pieza en cuestión, lejos de embellecer, afearía notoriamente un espacio público.

Es probable que la intención de ornamentar a la ciudad, de devolverle algo de lo mucho que en ese aspecto ha perdido al paso de los años, sea genuina; y plausible, por tanto… En todo caso, alguien, por encima de los gobernantes, debería tener la autoridad moral para ponderar propuestas, alentar las encomiables e impedir que, a la ley de “aquí yo mando”, se perpetren más barbaridades de las que ya soporta Guadalajara.

Alguien que pueda decirles, en suma —aun a sabiendas de que ellos podrán responder exactamente con las mismas palabras— que “de mi arte a tu arte, yo prefiero mi arte”.

Jaime García Elías

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