Guadalajara, Jalisco

Jueves, 17 de Agosto de 2017

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Antonio Ortuño
AGO 6 2017
Estas ruinas

Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Poner la cara

Hay una congoja particular que puede encontrarse en el empleado de una empresa (en especial si es muy grande) incapaz de proporcionar el servicio contratado y que se las tiene que ver con la furia y la decepción de los clientes. Acabo de atestiguar uno de esos episodios, hace unos días, en el aeropuerto de Guadalajara (lugar admirable, en el que los mosquitos no corren ninguna clase de riesgo de extinción, al parecer, porque se les percibe en grandes enjambres, listos para comerse vivos a los usuarios).

La empleada de una línea aérea llevaba una hora de dar, tarde y mal, explicaciones por el retraso en el despegue de una nave que estaba allí, a la vista de todos. Arguyó, primero, que la salida con cierto retraso de otra nave anterior desde la misma puerta (por supuesto que una aerolínea competidora era la responsable). Saltó de allí a declarar que el nuevo retraso se debía a que las autoridades de tráfico de la Ciudad de México (que era el remoto destino del avión: esa ciudad con la que Guadalajara tiene mayor intercambio aéreo) no habían aún dado autorización para el trayecto. “Nomás nos acomoden y ya”, murmuró. Como el avión ni siquiera había sido abordado una hora después del momento que se aseguraba en el boleto que despegaría, la mujer comenzó a tragar aceite. Hizo un par de llamadas desde un comunicador antes de dar la nueva excusa: problemas mecánicos.

Varios pasajeros se precipitaron al ventanal y constataron que nadie (ni siquiera una sombra) parecía estar trabajando en ninguna clase de falla visible. “Es que la falla es interna”, dijo la empleada. Hubo connatos de soponcio entre los presentes. “¿Una falla interna? Yo así no vuelo. Que nos cambien de avión”, declaró un señor con gesto y bigotes de morsa. “No, no, es algo sencillo. En cuanto los compañeros terminen, nos vamos”, repuso la pobre y ya aterrorizada mujer del mostrador.

Allí fue que sobrevino el motín. El retraso era tal que varios pasajeros habían perdido ya, desastrosamente, sus escalas en la Ciudad de México (el tráfico aéreo, como todo en el país, está centralizado, tan torpemente que para, por ejemplo, volar de Guadalajara a Ciudad Obregón, que está al Norte, hay que pasar por el exDF, que está al Sur y luego volver). Otra señorita, también muerta de miedo, comenzó a tramitarles hoteles, cenas, transportes, nuevos vuelos. A ambas les pegaba de gritos una señora que, con toda razón, decía que si el vuelo hubiera partido normalmente y ella se hubiera presentado un minuto tarde, no le habría sido permitido el abordaje y quizá ni siquiera se le habría repuesto el dinero. En cambio, a pesar del costo desmesurado del boleto, la empresa se hacía pato con mil excusas ante sus propios retrasos. Junto a ella, otra dama repelaba: “Si pierdo mi vuelo al Caribe por culpa de ustedes, les juro que las mato”. Ninguno, me parece, queremos ser nunca el empleado al que nadie le diga eso, así sea una metáfora.

Al final el vuelo pudo ser abordado, aunque con gran demora. Tanta gente había perdido sus conexiones en la Ciudad de México que el avión lucía semi vacío. Las azafatas fueron muy amables, el piloto dio un discurso para culpar al “personal de tierra” y ofreció alcohol del carrito para todos (y se ganó una ovación).

Yo imagino que la empleada se fue a refugiar a un baño a darle de golpes a una pared o a llorar. Vaya usted a saber. Todo, por representar a una empresa que no cumple más que cuando se le pega la gana. Hay malos empleos, sí, pero ese parece uno de los peores.

Antonio Ortuño

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