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Antonio Ortuño
AGO 4 2017
El mundo alucinante

Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

El olvidado

El escritor alemán Jorg Fauser (quien murió atropellado por un autobús un día después de cumplir 43 años, en 1987) tuvo una vida bastante mísera. Adicto, alcohólico, endeudado (como buen discípulo de los beats estadounidenses, quiso convertir su propia vida en una obra), y con problemas perennes con sus editores, Fauser dejó una obra desigual pero tocada por el genio. En especial El hombre de nieve, una suerte de novela negra que deja las salvajadas del clásico James M. Cain como una suerte de pálidos cimientos del género, es un título memorable, de esos que perduran. De Fauser se dijo, cuando murió, que había vivido con penurias, sí, pero al menos había contribuido a que los profesores que lo estudiaban tuvieran una vida mejor que la suya. La ironía es obvia: la literatura es una materia tan extraña que un profesor universitario bien colocado puede construir una carrera más que próspera dedicado a investigar la vida y obra de algún desafortunado autor. Justo como sucede con algunos editores, críticos y periodistas.

De esto puede deducirse, si somos románticos, que el escritor es de algún modo el eslabón débil de la cadena y que cualquiera se la pasa mejor que él. Pero esto es, cuando menos, inexacto. Conozco, conocemos todos los que nos dedicamos a esto, una cantidad enorme de profesores, críticos, editores, libreros, periodistas y promotores a los que les va muy mal y realizan sus tareas en un clima de privaciones que asusta. En todo caso, la diferencia estiba en un detalle que nada tiene que ver con el dinero: el escritor fracasado, en muchas ocasiones o en la mayoría de ellas, tiende a persistir. Lo fortalece la fe que pueda tenerle a su trabajo y los antecedentes, que los hay y en abundancia, de colegas ilustres que fueron rechazados por decenas de editores antes de ser exaltados al Olimpo. Un autor es alguien que no podría renunciar a la escritura, o no antes de escribir lo que cree que debe (Rulfo es el caso de alguien que dijo lo que quería y no volvió a publicar ni, quizá, a escribir después de eso). En otros oficios del “medio” hay, claro, un apasionamiento enorme pero creo que distinto. Y no porque no haya editores o profesores heroicos y comprometidos (que los hay) sino, porque, me parece, ninguno apuesta en esto tanto como un escritor. Nadie da clases en secreto por la madrugada, luego de salir de un empleo; muchos miles de personas escriben de ese modo.

A la vez, no tiene ningún caso acusar a quienes no escriben, pero editan, estudian, comentan, glosan o distribuyen la escritura, de ser algo así como parásitos. Claro que no. ¿Qué pasaría sin editores, sin academia, sin prensa, sin libreros? Que al escritor lo leerían su madre y sus amigos. Acá el único personaje que me parece imprescindible es del que menos se tiende a hablar en estos temas: el lector. El lector es quien da sentido a todo lo demás. Fin de la discusión.

Antonio Ortuño

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