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Enrique Toussaint
AGO 2 2017
Analítica

Por Enrique Toussaint toussaintenrique@gmail.com

¿Por qué en Europa sí hay calandrias?

Nunca defenderé una “tradición” que suponga maltratar animales o viole derechos humanos. Es lo que me da separa de los taurinos, que para justificar su sanguinario gusto, se tienen que remontar a la crueldad de los rastros (mejor que asesinen al toro en el ruedo), a las costumbres, o esa hipótesis tan chabacana de que los toros de lidia llevan una vida de burgueses entre los suyos. A pesar de ello, me parece irrefutable que para un demócrata siempre la tradición tendrá que estar supeditada a los derechos humanos y al respeto a los derechos de los animales. Un debate similar existe en torno a las calandrias.

El Ayuntamiento de Guadalajara ha decidido sustituir el actual servicio prestado sobre un caballo por nuevas “calandrias motorizadas”. El argumento es: el actual servicio es una tradición que atenta contra el bienestar de los animales. De acuerdo con las autoridades, las calandrias son una tradición tapatía -y mundial, hay que decirlo- que se ensaña con los animales y los expone a jornadas exhaustivas que ponen en riesgo su salud. Hasta aquí podría estar de acuerdo en el diagnóstico.

Sin embargo, me pregunto: ¿Por qué en los países más desarrollados, aquellos que han interiorizado los derechos de los animales por décadas, permiten que existan calandrias arrastradas por caballos? ¿Por qué en países en donde agredir a un animal es casi tan grave como hacerlo contra un humano, no se les ocurre la idea de motorizar el servicio?

La respuesta es clara. Si analizamos los debates que han tenido lugar en estos países en los últimos 15 años, sobre todo en Europa, encontraremos que siempre hay dos fenómenos en disputa: la tradición y los derechos de los animales que se incorporan a los marcos jurídicos. Es cierto, en muchas ocasiones la tradición y el bienestar de los animales se vuelven realidades antagónicas, imposibles de compaginar -las peleas de gallo, por ejemplo. Sin embargo, en estos países lo que decidieron es regular el servicio de tal manera que la tradición (que sigan existiendo calandrias de caballos) sea compatible con los derechos de los animales. Transformaron los carruajes, regularon las horas de servicio y pusieron sanciones muy contundentes contra quien se atreva a violarlas. En lugar de tirar el agua sucia con el niño dentro, decidieron que la tradición y los derechos de los animales no están peleados si es que existe voluntad de regular y un Gobierno capaz de hacer cumplir la ley.

Enrique Alfaro me dijo en entrevista hace algunas semanas que la sustitución por calandrias motorizadas es una decisión tomada, no hay marcha para atrás. Sin embargo, cuando las autoridades no son capaces de consensuar sus decisiones, el futuro podría revertir la medida y regresar las calandrias tradicionales. Las calandrias son uno de esos temas públicos en donde una bonita tradición de nuestra ciudad puede coexistir con una regulación que defienda y proteja a los animales. Sólo basta ver lo que han hecho en otros países del mundo, no es necesario tratar de inventar el agua tibia. Regulación y tradición pueden coexistir.

Enrique Toussaint

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