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Martín Casillas de Alba
JUL 22 2017
El sonido y la furia

Por Martín Casillas de Alba malba99@yahoo.com.mx

Cuando Víctor Hugo se sumergió en su lectura

Como otras veces me ha pasado encontré al azar un libro de Víctor Hugo en donde despliega toda su erudición como esa que tenía para registrar todo lo que leía, oía y veía. Curioseando por la librería Porrúa, a un lado de la taquilla del Cinemex en Altavista, de pronto veo una portada con el retrato ‘Chandos’ de William Shakespeare y este título: ‘A propósito de Shakespeare. El Genio y la misión del Arte’ de Víctor Hugo, publicado el año pasado por Desván de Hanta en España.

Resulta que después del golpe de Estado de Napoleón III en 1851, Víctor Hugo (1802-1885) se tuvo que exilar con toda su familia por casi 20 años hasta 1870, primero, en la isla de Jersey y luego en la de Guernsey cerca de Normandía en el Canal de la Mancha. Ahí vivió con Adèle Foucher, su esposa y cinco hijos, entre ellos, François-Víctor que conocemos por esta anécdota:

“La lluvia, el viento y el ruido del exterior nos tenían aturdidos en aquella casa. Los dos meditábamos preocupados tanto por el inicio del invierno como por el destierro.

—¿Qué piensas de este destierro? —me preguntó mi hijo.
—Que será largo —le dije.
—¿Qué vas a hacer mientras dure?
—Miraré al océano…
Y después de un momento de silencio, le repliqué:
— ¿Y tú?
— Yo —repuso mi hijo—, traduciré a Shakespeare”.

Así nos enteramos que François-Victor sería el traductor al francés de algunas de las obras de Shakespeare y, su padre, escribiría los prólogos. Con esta idea escribió otros textos que se convirtieron en su libro, al tiempo que seguramente esbozaba la novela de Los miserables que terminó de escribir 10 años después en 1862.

‘A propósito de Shakespeare’ es un libro que llama la atención, a pesar del descuido de los editores, porque explica, propone, asocia y compara la Ciencia con el Arte entre otros temas, de tal manera que algunas de sus propuestas resultan polémicas, como lo voy a explicar en otra ocasión, porque hoy me gustaría que conozcan esta anécdota que tiene que ver con el poema De la naturaleza de las cosas de Lucrecio, el poema asombroso que le cambió la vida a Stephen Greenblatt e impactó, como lo vamos a ver, al joven Victor Hugo:

“Recuerdo que un día, siendo yo adolescente, cuando vivíamos en Romorantin, en la casucha de mi familia, bajo un emparrado inundado de aire y de luz, distinguí sobre un estante el único libro que había en la casa: De rerum natura de Lucrecio. Mis profesores de Retorica me habían hablado mal de él y, eso, avivó mi interés. Serían más o menos las doce del día cuando abrí el libro en una página donde empecé a leer estos poderosos versos:

La religión no consiste en mirar
incesantemente a la piedra velada,
ni en visitar los altares,
ni en postrarse humillado hasta el suelo,
ni en levantar las manos
ante las mansiones de los dioses,
ni en verter en el templo sangre de animales,
ni en acumular voto sobre voto,
sino contemplarlo todo con el alma tranquila.

“Me detuve a meditar y continué la lectura. Algunos minutos después ya no vi ni oí nada a mi alrededor; me hallaba sumergido en el poeta. Llegó la hora de comer e hice una señal con la cabeza de que no tenía ganas; y cuando el sol llegaba a su ocaso y los rebaños se retiraban a los establos, todavía permanecía en el mismo sitio, leyendo inmerso el libro y, a mi lado, indulgente por mi prolongada lectura, se hallaba mi padre, de cabellos blancos, apoyado en un dintel de la puerta que daba a la sala, en donde pendiente de un clavo colgaba su espada, llamando dulcemente a los carneros que iban uno tras otro a comer el puñado de sal que les ofrecía en la palma de su mano.”

Es una escena que se repite cada vez que nos clavamos con lo que estamos leyendo, porque toca fondo.

Martín Casillas de Alba

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