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Jaime García Elías
JUL 21 2017
Entre veras y bromas

Por Jaime García Elías opinion@informador.com.mx

– Incorruptibles

Algunas agencias de viajes distribuyen folletos entre sus clientes, en los que advierten, por ejemplo, que “en Alemania, las multas por infracciones viales son severas; y los agentes, insobornables”, mientras que “en México, las multas (por los mismos conceptos) son leves; y los agentes, proclives a la corrupción”… La primera vez que en México se planteó, en el Congreso, la posibilidad de utilizar urnas electrónicas en las elecciones, las actas de alguna sesión parlamentaria consignan que, cuando el tema estaba a punto de ponerse a votación de la asamblea, “una voz anónima” se dejó escuchar:

–¡Ya les pondremos “diablito”…!

A la hilaridad generalizada que generó el chascarrillo, siguió una decisión: dejar el asunto por la paz.

-II-

México –sería necio negarlo– tiene timbres de orgullo en cantidades industriales. Sin embargo, igualmente necio sería soslayar que la corrupción (por definición, “acción o efecto de corromper”, y una acepción de corromper es “sobornar o cohechar”) es una práctica muy arraigada entre los mexicanos. La picaresca consigna innumerables ejemplos de cómo opera esa institución nacional conocida familiarmente como “la mordida”. Por contrapartida, se han hecho estudios serios orientados a determinar en qué medida esa práctica está arraigada cuando de eludir una infracción o de hacer trámites en dependencias públicas se trata. La conclusión es desoladora: en buena medida porque las infanterías de la burocracia perciben salarios ínfimos y ocasionalmente están a expensas de las propinas que “voluntariamente” puedan obsequiarle los ciudadanos, México es uno de los países en que más dinero se mueve –digámoslo así– “por debajo de la mesa”.

-III-

Es probable que el ciudadano común poco se interese por los pasos que se han dado al efecto de implantar el pomposamente denominado Sistema Nacional Anticorrupción. Alguno habrá oído decir que se pretende, con él, “coordinar a actores sociales y autoridades de los distintos órdenes de Gobierno, a fin de prevenir, investigar y sancionar la corrupción”. Alguien más se habrá enterado de las conductas que se pretende desterrar: “el cohecho (sobornos), peculado, desvío de recursos públicos, utilización indebida de información, abuso de funciones, actuación bajo conflicto de interés, contratación indebida, enriquecimiento oculto u ocultamiento de conflicto de interés, tráfico de influencias, encubrimiento, desacato, obstrucción de la justicia…”.

No faltará quien, a la vista de tan plausibles intenciones, se pregunte si la logística del flamante –y revolucionario, sobre todo– sistema, contempla poner ángeles (incorruptibles a carta cabal) en todas las dependencias públicas… y marcianos del otro lado del escritorio.

Jaime García Elías

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