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Antonio Ortuño
JUL 21 2017
El mundo alucinante

Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Cien metros con vallas

Una de las mentes menos interesantes que recuerdo haber conocido fue la del bibliotecario de mi preparatoria. La biblioteca era uno de los sitios menos frecuentados del edificio (era más habitual ver personas paseando por la azotea, aunque estuviera prohibido) y el buen hombre no hacía nada, pero nada, por mejorar esa ridícula circunstancia. En realidad, su labor era más bien la de constituirse como un estorbo o hasta una muralla infranqueable que evitara la lectura de los jóvenes. Su táctica, como la de los malos tenderos, era negar la existencia de los títulos requeridos. “Uy, ese no lo tenemos”.

La negación era inútil, por varios motivos. El primero es que no existía el préstamo externo, así que los volúmenes solamente podían ser consultados in situ. Y casi la totalidad de los libros existentes estaba apilados en unos anaqueles metálicos detrás de la humanidad del bibliotecario y eran visibles desde la posición del alumno que los solicitaba. Así que resultaba una locura que le dijeran a uno que el título que pedía (y que estaba allí, detrás del lomo del sujeto) no existía y estaba uno teniendo visiones.

Luego comprendí que el albur del bibliotecario encerraba cierta astucia:, dentro de su aparente pereza insondable no eran pocos los estudiantes torpes que le creían (así se evitaban la molestia de pensar) y se retiraban y así el tipo se ahorraba la levantada de la silla, las anotaciones en la bitácora, y la vigilancia del uso del libro.  Ustedes se preguntarán, quizá, que entonces, ya que se resistía a realizar su trabajo, cuál era la función del tipo allí. Yo, sinceramente, no le conocí otras que comer jícama, beber refrescos en bolsita y fumar (eran tiempos en los que aún estaba permitido hacerlo en todos lados y echarle a uno el humo en la cara si es que insistía lo suficiente como para obtener el texto solicitado o, peor aún, si llevaba el dinero que costaba sacarle fotocopias a un texto, tarea que para el bibliotecario era, al parecer, peor que la tortura).

Algunos compañeros aplicados o entusiastas organizaban excursiones a bibliotecas públicas. Otros, los menos, echábamos mano además de las bibliotecas familiares (que eran tan poco frecuentes como las ganas de trabajar del funcionario escolar). Me temo que ese tipo de historias abundan y están directamente relacionadas con la distancia, entre mitológica y terrorífica, que nos separa, como sociedad, de la lectura.

Luego, con los años, he visto y sabido de bibliotecarios proactivos, que organizan lecturas, talleres, que tratan de volverse amigos de los usuarios y que hasta le meten dinero a los fondos editoriales con tal de ofrecer un mejor servicio. Los celebro y me parecen santos y mártires. Pero su batalla estará perdida si no se empata con un cambio en los demás engranes: maestros, padres y tutores, programas educativos, etcétera. Porque el bibliotecario flojo era solamente uno de los obstáculos. Para un joven lector, los problemas comienzan mucho antes y no se terminan allí.

Antonio Ortuño

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