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Juan Palomar Verea
JUL 16 2017
Diario de un espectador

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Diario de un espectador

Atmosféricas. Siguen los afanes del jardinero por hallarles lugar a los fresnos pródigos. En reducido rincón, dos arbolitos prosperan, ajenos a la imposibilidad de su progreso en tal limitación. Una aparente ceguera natural envió allí los renuevos, que procedieron a ejercer su vigor y a crecer bravamente en el magro territorio designado. Sin embargo, ampliando el campo de la observación, esta es la manera como la munificente ley de lo que brota intenta, por todos los medios, cubrir la tierra, asegurar la supervivencia de la especie, de todas las especies. De alguna muy antigua manera el jardinero lo sabe, y toma muy en serio el esfuerzo de los dos arbolitos. Con un sobrio respeto, entonces, les busca ahora su campo, se une, con claro instinto, a la batalla por un mundo más pleno. Nunca lo dirá, es demasiado sabio: los cuidadosos golpes de azadón son su lenguaje y su enseñanza.

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Era 1967 y ya la infección cundía por insospechados caminos. El verano de los once años se asomaba por siempre a los abismos y las maravillas por llegar. Haight-Ashbury, el barrio de San Francisco, era el epicentro de un vasto, variopinto y confuso movimiento del que se podía sacar una clara noción: era preciso cambiar el mundo. A la distancia de medio siglo, persiste el asombro: ¿cómo fue posible para algunos de los remotos niños de entonces, empinados sobre el fin de la infancia, captar por los inasibles canales hertzianos –plagados de estática- a través de dos o tres canciones en un idioma apenas comprendido, la oscura potencia, el luminoso lirismo, el arrasador erotismo de lo que se denominó el Summer of Love? ¿Cómo quedó, de por vida, una impronta definitoria, una marca de fuego y sal? Cincuenta años después, y qué queda, y qué sigue. Una de las canciones clave de todo aquello surge, como si nada, en el aporreado tocadiscos, cruzando a través de cinco décadas, incólume y otra vez nueva. Explosiva, dulce, cargada de un suave veneno -¿contraveneno?- que todos estos años circuló por las venas de quienes, ingenuamente, trataron –o tratan- de cambiar el mundo.

Va una versión de Get together, de los Youngbloods: Júntense. El amor no es más que una canción a cantar/ Por el miedo nos morimos/ Podrás hacer resonar a las montañas/ O hacer llorar a los ángeles/ Aunque el pájaro esté en vuelo/ Y puedas no saber por qué// Vengan gentes/ sonrían a su hermano/ Todos júntense/ Intenten amar a su prójimo/ Ahora mismo// Algunos pueden llegar y otros irse/ Todos habremos de pasar/ Cuando Quien aquí nos dejó/ Regrese al fin por nosotros/ No somos más que la claridad de un momento/ Disolviéndose en la yerba// Sostienes la llave del amor y del miedo/ Todo está en tu mano que tiembla/ Sólo una llave libera a los dos/ Allí está bajo tu voluntad// Vengan gentes ahora/ Sonrían a su hermano/ Júntense todos/ Intenten amar a su prójimo/ Ahora mismo. 

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Desfile de muchachas de imposible belleza, de muchachos alertas como jóvenes lobos. Ellas, infaliblemente, se anudan el pelo con coronas de flores que, nunca lo sabrían, prolongarían su imperio mucho más allá de los agravios y avatares de los tiempos que segarían el verano de las ninfas. Del orgulloso gesto de las Helenas que hicieron lanzar mil barcos al mar quedará ahora un rictus cercado de arrugas, un cuerpo que, de su arrogante majestad, se volvió un despojo presto a ser barrido por los años. Sin embargo, al fondo de ciertos de aquellos ojos, en los posos del alma aún en llamas, perdurará el triunfo indeleble de aquellos días gloriosos y fraternos del verano del 67. Y, por momentos, al fondo de los patios suburbanos, al borde de cenicientas estancias envejecidas, al filo de los pasos inseguros y los anteojos que nublan aquella mirada de lumbre, regresa una convicción que hace valer sus vidas: por unos breves momentos incombustibles fueron, y serán por siempre, la valentía y la belleza, la salvaje inocencia que justifica al mundo.

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Vaso de lluvia. Es el más simple de los instrumentos. Pero, en toda su humildad, va midiendo al universo completo. No hace nada, el vaso, más que recoger, al borde del jardín agradecido, a la lluvia que tiene a bien visitarlo. Una ínfima porción del agua en vuelo. Pero, de alguna manera, el vaso dice que ahora contiene las tormentas sobre la costa de Alejandría, los turbillones del Cabo de Buena Esperanza, el íntegro temporal que asola al Golfo de Bengala, las rachas cegadoras que hacen desaparecer los faros de todos los continentes. Y el riachuelo manso que riega al fin los oasis largamente agostados, la cascada que después de años de sequía aparece como un fantasma benévolo y poderoso, las corrientes subterráneas que llenarán los aljibes de la tierra, y el completo, intrincado, sistema hidráulico que desde millones de años hace pervivir al reino vegetal, que hace durar al mundo. Vaso de lluvia: sobre su pedestal de vidrio tonalteca sostiene con calculado candor su medida de la estación. Pero algo en su gesto lo delata, orgulloso y mínimo: guarda ahora en su caudal al tiempo y los naufragios, las primigenias amibas, los peces poderosos y las bestias que luego poblaron la tierra firme, que después mutaron en vagos trasuntos de humanos. El vaso y su agua lo saben. Su silencio, repetido en las pilas de Santa Cruz y de la derrotada Cofradía, en la de este jardín mismo, en las casas hace mucho desaparecidas, en la piedra ahuecada que refleja todo el cielo de una casa en Tacubaya, en el eco de una vasija en el jardín de la Casa Verde. Signo, clave y cifra del tránsito de la vida que fluye.

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De transcripciones:

“Pasa cada año el aniversario, sin  nadie que lo recuerde. Y, entonces, el aniversario es cualquier día. Es ahora una teoría de barcos contra el horizonte azul del Mediterráneo, de peregrinaciones atenazadas por un deseo cruel y muy alto, de claves sembradas por la ciudad en espera de la única mirada que habría de reconocerlas, de andenes primero pletóricos y siempre al final desiertos, de caminatas circulares al mismo borde del precipicio, de filos de navajas, del olvidado coraje de una bayoneta herrumbrada, de cuartos obsesivamente blancos desde donde nunca se veía el mar, de desesperadas llamadas a media noche reclamando la presencia del hijo largamente perdido, de vertiginosas partidas de un ajedrez de delirio, de espeso humo de cigarros fumados frenéticamente mientras los giros de la danza ejercían sus misteriosas curaciones, de visitas fulgurantes de cinco a seis que duraban todo el día, de más caminatas para mirar de fijo la llama de la libertad, de la final y roja batalla victoriosa. Poco más. Estrictamente lo necesario para que una mujer lo volviera, ya por siempre, una borrosa y nítida leyenda.”

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La traducción de poesía, desde siempre se sabe, es un campo minado, un trabajo imposible, una transmutación no tanto de idioma como de sentido, de sensibilidad y de música. Es una migración a lo otro, lo ajeno, lo distante. Es un problema para el que solamente existen falsas respuestas. Pero dentro de esa falsificación se pueden encontrar extrañas divisas, deleznables morrallas, y también inéditos –y si hay fortuna y genio- afortunados intercambios. Quizá lo más atrayente de intentar una traducción sea el consciente ejercicio de una ilusoria alquimia, de un remedo de ciencia, que transfigura algo tan delicado como una precisa música, o una visión del amor o del mundo, en una pura paradoja que se atiene a reglas inaprensibles y fugitivas siempre. Resulta, para decirlo llanamente, divertido e instructivo. Aparentemente la invariable obligación del traductor es desaparecer, como en un juego de espejos, detrás de su calculada versión. También se sabe que esto es meramente ficticio. Todo buen traductor de poesía es, por tanto, un poeta furtivo, un salvaje irrumpiendo en un concierto, un honrado impostor.

Entre la legión de traducciones de Baudelaire, se arriesga, por el puro gusto, otra más. Un fragmento de un poema en donde el poeta juega sus juegos con soberbia ambigüedad:

De su piel rubia y oscura
Emana un tan dulce perfume que una tarde
Fui impregnado por haberla
Una vez acariciado, nomás una.
Es el espíritu familiar del lugar;
En mi fondo más tenebroso,
Me colma como un verso numeroso
Y me llena de gozo como un filtro.
Ella adormece los más crueles males
Y contiene todos los éxtasis;
Para decir las más largas frases,
No tiene necesidad de palabras.
No, no existe un arco que muerda
En mi corazón, instrumento perfecto,
Y haga más regiamente 
Cantar su más vibrante cuerda.
Él juzga, él preside, él inspira
Las cosas todas en su imperio;
Capaz que es un hada, es dios.
Cuando mis ojos, hacia este gato que amo,
Atraídos como por un imán,
Voltean dócilmente
Y considero en mí mismo,
Veo con asombro
El fuego de sus pupilas pálidas,
Claros fanales, ópalos vivientes,
Que me contemplan fijamente. 

Juan Palomar Verea

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