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María Palomar
JUL 16 2017
De lecturas varias

Por María Palomar opinion@informador.com.mx

Celebración del hospicio

En una tarde que presagia lluvia, qué privilegio es mirar las nubes desde esos patios, poder guarecerse en los corredores y saberse al cobijo de muros tan macizos. Privilegios de la civilización que el nómada desconoce. Las piedras y argamasas aportan seguridad, sosiego y la garantía de una vida ordenada y armónica. Privilegios que gracias al obispo Cabañas extendió Guadalajara a sus pobres y huérfanos, para civilizarlos y civilizarse. El Hospicio es un discurso elocuente de cómo una ciudad debe acoger a los más débiles (algo que la nuestra no acaba todavía de aprender), una institución dotada de un programa formulado no para aquel presente ya remoto, sino para ahora mismo.

    Las décadas finales del siglo XVIII y las primeras del XIX fueron particularmente duras para una Guadalajara humilde, todavía desprovista de los elementos que hacen una verdadera ciudad. Fueron tiempos de sequías, hambruna y epidemias; de un gobierno, el de Carlos III y Carlos IV, cada vez más duro para sus súbditos, más tiránico e impositivo. Y luego, de revueltas y sangre, de pobreza y desorden. Y pese a todo, en el medio siglo que va de 1771 a 1824, Guadalajara se dotó de instituciones, de infraestructura y mejoras urbanas como nunca antes.

    No es fortuito que esos cerca de cincuenta años coincidan con los pontificados de los dos obispos más insignes de nuestra historia, fray Antonio Alcalde (1771-1792) y Juan Cruz Ruiz de Cabañas (1794-1824). La huella física y espiritual de su acción sigue vigente después de dos siglos. Guadalajara tuvo gracias a ellos escuelas, universidad, hospital, viviendas para los pobres, iglesias magníficas, plazas, ensanches urbanos a los cuatro vientos. Y una Casa de Misericordia digna de las más grandes capitales del mundo, por su espíritu y por su fábrica.

    Quizá no sea arriesgado afirmar que ese medio siglo de tarea constructiva, en sentido literal y figurado, cimentó la pujanza de Guadalajara a lo largo de un siglo XIX difícil y sangriento. Pese a todo.

    El Hospicio navegó por esas tormentas con más fortuna que desastres y debe reconocerse que las autoridades tapatías supieron en casi todas las épocas mantener su espíritu y consolidar su misión. Revisar el archivo de la Casa de Misericordia es hallar un modelo de gestión, una prueba de beneficencia ilustrada y eficaz.

    Cuando por arcanas razones se determinó el cambio de destino del edificio, los niños y jóvenes pasaron de vivir en un palacio construido para ellos en el corazón de su ciudad al anodino anonimato de los suburbios. No era difícil hallar varias soluciones alternativas si la cuestión era el crecimiento del número de pupilos. Quizás a los políticos simplemente les pareció absurdo que tal joya arquitectónica sirviera para albergar a niños pobres. Afortunadamente el Hospital Civil Fray Antonio Alcalde no ha corrido la misma suerte hasta la fecha...

    Al menos el edificio de la Casa de Misericordia, de ejercer una de las obras corporales de su título, pasó a ministrar otras, de las espirituales, entre las que se cuenta enseñar por medio de la belleza.

María Palomar

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