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JUL 12 2017
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San Fermín, su historia

Por Xavier Toscano G. de Quevedo

Hemos llegado ya —así de rápido avanza el tiempo— al meridiano de las festividades taurinas en Pamplona, y en este año han ido celebrándose los festejos con más pena que gloria, y para ser más puntuales, con inúmera  pesadumbre. Sí, en primera instancia, con la cuantiosísima pena y máxima preocupación por el infausto e inquietante percance del torero de plata, Pablo Saugar Pirri, en el primer toro de la tarde del día 9, que correspondió a Curro Díaz, después del amargo trance, el festejo ya no fue lo mismo. Sí, la corrida tenía que seguir su curso —dicta una vieja sentencia: “el espectáculo debe continuar”—, pero ya no fue igual, la preocupación e intranquilidad cayó como un tenue velo durante la tarde.

Pero en las calles de Pamplona los visitantes venidos de todos los puntos cardinales de España y de los lugares más recónditos de nuestro plantea que acuden cada año atraídos e intrigados por lo que para ellos estas fiestas suponen, y en los que también encontramos un número importante de lectores que comparecen y acuden para corroborar lo que el importante escritor estadounidense Ernest Miller Hemingway —Premio Novel de Literatura de 1954— encontró en la enigmática Fiesta Brava, y más particularmente en las tradiciones taurinas de los pamploneses, que conoció por primera vez en el año de 1923.

Es incuestionable que los aficionados pamploneses han sido, son y seguramente continuarán por muchas décadas más siendo fieles guardianes que velan y se entregan con pasión y entusiasmo a una tradición enraizada como ninguna otra de sus costumbres, y que se llama “Los Sanfermines”. Y, que, como todo el mundo conoce —gracias a la determinante colaboración de Hemingway— da paso al más exaltado estallido de un pueblo cautivado por el culto a su Majestad el Toro Bravo, que es el eje central de estas impares fiestas, que nacieron en honor al santo patrono de los habitantes de Pamplona, San Fermín de Amiens.  

El Santo Fermín, protector de estas fiestas —así lo suplican en sus cantos los corredores cada mañana—, nació en la ciudad de “Pompaelo” (hoy Pamplona) en el año de 272 de nuestra era, siendo hijo de un senador romano de nombre Firmo, importante oficial de la administración romana en el siglo III. El joven Fermín pronto se convirtió al Cristianismo y es bautizado junto con sus padres por el Obispo Saturnino de Toulouse, y con apenas 18 años de edad fue ordenado sacerdote, viajando pronto a la ciudad francesa de Amiens, en donde es nombrado Obispo con tan sólo 24 años de edad.

Fue un gran predicador y eavangelizador de su tiempo, pero dadas las circunstancias de ese período de nuestra historia —escenario muy recurrente a través de los tiempos para nuestra religión— es aprendido por las autoridades que se oponían a la divulgación de la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, y se ordena su decapitación, muriendo en su martirio el “25 de septiembre del año 303”. Fue hasta el año de 1186 (nueve siglos después de su fallecimiento) cuando el Obispo Pedro de París traslada de la ciudad de Amiens a Pamplona una reliquia de San Fermín, convirtiéndose a partir de ese momento —como ya lo habíamos mencionado— en el patrono de los pamploneses.   

Así, estas fiestas que originalmente celebraban los pamploneses en el mes de septiembre, fueron trasladas a julio, y la fervorosa solemnidad religiosa —¿hoy realmente continuará esta esencia?— en honor a San Fermín, se amalgamó junto con la tradición lúdica del Espectáculo Taurino. En el cual, lo más vital e importante ha sido y siempre será lo que acontezca en el ruedo, obviamente siendo sin la más mínima querella ni cuestionamiento, el Eje Central y Único de está enigmática e incomparable Fiesta, su Majestad El Toro Bravo. 

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