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Guillermo Dellamary
JUL 2 2017
Explorando el mundo

Por Guillermo Dellamary delamar@yahoo.com

Un mundo ficticio

Por muchas razones, los adictos tienden a construir un mundo artificial. Ya con el simple hecho de depender de algo que los haga sentir bien o les de una visión más positiva de la vida, con eso es suficiente para comprobar que no necesariamente viven en una realidad objetiva.

    Pongamos el ejemplo de los adictos al juego. Si entramos a un lugar de apuestas, tenemos elementos suficientes para darnos cuenta de la situación en la que desarrollan su actividad. El entorno, el ambiente y en fin todo lo que les rodea, no es más que un montaje artificial, un escenario ideal, para que disfruten de un tiempo gastando su dinero, con la ilusión de ganar sin trabajar. Dejar todo a la fortuna o a la buena suerte.

    Digamos que más bien se tiene la sensación de que un adicto al juego, busca un entorno en donde la emoción de jugar y la adrenalina de ganar o perder, se conviertan en algo que los distraiga y aleje de cualquier otra situación que pueda estar aconteciendo en su vida.

    El sufrimiento o dolor que se pueda sentir, se desvanezca de una manera inmediata y efectiva, y eso sí sucede en un casino. Cualquiera lo puede comprobar.

    Es el mismo principio de los centros de diversión, principalmente el aclamado y famoso Disneylandia, que ha atraído y atrapado a tantas generaciones de visitantes.

     Todos es ficticio y artificial, pero resulta que mientras estas disfrutando del lugar, te sientes bien, en familia, como un niño, viendo personajes ficticios y escenarios de pura fantasía.

    Ese fue uno de los grandes aciertos de Disney, crear un parque de diversiones que fuera mucho más allá de un circo y permitiera a los visitantes gozar de una experiencia que te conectara con la imaginación y la fantasía infantil. Pero vivirla en familia y como adulto.

    Pues de alguna manera las adicciones seducen en el mismo sentido al adicto, lo atrapan en mundo artificial y ficticio, en el que él se siente bien y está convencido de ello.

    Mientras consume, vive su propia fantasía. También por eso es difícil sacarlo de su mundo artificial. Al fin y al cabo le tiene miedo a la cruda realidad.

Guillermo Dellamary

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