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Juan Palomar Verea
MAY 19 2017
La ciudad y los días

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Los incendios en La Primavera, el ITESO y el Instituto de Ciencias

No existe, por supuesto, una relación causal directa entre los tres. Pero, ciertamente, existe una relación indirecta, y grave. La causa de la causa es la causa de lo causado, dirían los jesuitas. Tanto el ITESO, aclaremos, como el Instituto de Ciencias son queridas y respetadas instituciones, con limpia y brillante trayectoria… que no pueden opacar.

El ITESO tiene dos factores a su favor con respecto al Bosque de la Primavera: el primero, que hace años recibió como regalo unas cuantas hectáreas en la zona sur del bosque, y las ha cuidado y utilizado bien. La segunda, el muy meritorio trabajo de los arquitectos y docentes en la Escuela de Arquitectura, Sandra Valdés y Pedro Alcocer, junto con su grupo Anillo Primavera. Muy loables estos esfuerzos institucionales.

Sin embargo, hace algunos años, con los excedentes de las colegiaturas pagadas por alumnos y padres de familia, ITESO A.C., y la universidad, comenzaron un, en principio, también loable empeño: hacer rendir, y multiplicar ese capital, en beneficio de la institución y su muy notable programa de becas. El grave problema fue la modalidad de “desarrollo” urbano con el que buscaron conseguir tal propósito. Al efecto, se compraron decenas de hectáreas en el lugar equivocado: frente al Bosque de la Primavera, más o menos a la altura de Rancho Contento.

En tal contexto se desarrollaron una serie de “cotos” destinados a la clase media, y preferencialmente a los miembros del ITESO. (Hubo, por cierto, un intento de oportuna propuesta alternativa por un grupo de maestros de la Escuela de Arquitectura que fue llanamente ignorada –existe la carta). Está, a estas y anteriores alturas, más que comprobado y documentado que esta forma de “hacer ciudad” con base en “cotos” es en realidad fomentar la anti ciudad, y deseducar. Dependencia total del coche particular con todos sus impactos, segregación urbana y social, desarticulación del tejido urbano, dispersión de la mancha citadina con tod as sus negativas consecuencias… y muy mal ejemplo. Lo anterior sin hablar de la contradicción flagrante entre el desarrollo realizado y las enseñanzas, investigaciones y esfuerzos de la Escuela de Arquitectura y otras instancias del ITESO. Sin contar el espíritu jesuítico, sin atender a principios que ahora el Papa Francisco proclama con claridad.

Como parte del desarrollo, se reservaron algunos terrenos para su posible utilización pedagógica. Nunca para cambiar a tan conflictivo lugar al Instituto de Ciencias. Alguna ocurrencia de un directivo jesuita ahora pretende establecer un colegio de lujo en los citados predios, con la fuerte oposición de los sectores más lúcidos y activos de la comunidad jesuítica laica y diversos actores preocupados por la ciudad. El asunto sigue en vilo, y muchos esperamos que impere la cordura y la coherencia con la doctrina de San Ignacio y se cancele tal barbaridad.

Sorprende grandemente que los autores arquitectónicos y urbanos –que es lo mismo a diferentes escalas– sean aparentemente docentes en el ITESO, y que se haya tratado de justificar el atropello a la ciudad con costosos y vistosos videos, sesgados y llenos de medias verdades. Sorprende que esta iniciativa se contraponga frontalmente con el citado esfuerzo itesiano del Anillo Primavera, y con muchas de las enseñanzas de diferentes maestros de la Escuela de Arquitectura desde hace generaciones, empezando por Ignacio Díaz Morales.

¿Qué es lo que el Anillo Primavera ha encontrado en sus rigurosas y objetivas investigaciones? Pues simplemente que la creciente presión urbana sobre las inmediaciones del Bosque de la Primavera, particularmente en su zona norte donde se genera más empuje de la embestida de la “ciudad”, está produciendo un creciente debilitamiento y fragilización del bosque. Es allí donde se enclava el desarrollo jesuítico, es allí donde este desarrollo colabora fuertemente a aumentar la presión y especulación inmobiliaria, al aumento desmedido de la circulación automotriz y a la consiguiente congestión vehicular y la contaminación atmosférica. Con la pretendida inserción en tal contexto del Instituto de Ciencias estos factores negativos –independientemente de los irreparables efectos sociales ya enunciados– las consecuencias perjudiciales serían exponenciadas.

¿Cuál hubiera sido la alternativa, por cierto propuesta en su oportunidad? Que el ITESO adquiriera, con paciencia y tino, predios en zonas deprimidas –para promoverlas en favor de sus habitantes– de la ciudad consolidada. Y que, en tales contextos, por medio de acciones inteligentes, las inversiones en vivienda y usos mixtos rindieran los mismos o mayores dividendos en favor de los plausibles fines itesianos, pero trabajando dentro de las enseñanzas jesuíticas, dentro de los principios de la Escuela de Arquitectura, dentro de los esfuerzos para construir una ciudad más justa y sustentable. Claro que es más fácil hacer “cotos”, pero el de Loyola jamás se fue por lo fácil, sino por el discernimiento de sus rectos objetivos finales. De esta manera, nunca se hubiera dado la “atractiva” coyuntura de trasladar el Instituto de Ciencias a la lejana y deletérea periferia poniente citadina.

Así que, ni el ITESO ni el Instituto de Ciencias se pueden lavar las manos diciendo que los predios están “fuera de la zona oficial de amortiguamiento de La Primavera”. El amortiguamiento vital que el precioso pulmón natural tapatío requiere va mucho más allá de esos precarios y forzados límites. Llega hasta la actitud urbana, a la mentada colaboración con la general presión inmobiliaria sobre el bosque, y hasta –indirectamente– la incuria, la ignorancia y la mala fe con la que otros actores están atentando sobre un invaluable patrimonio natural, contra la general civilidad de Guadalajara. Pero, todo esto es corregible…si hay buena voluntad, autocrítica y lucidez.

Juan Palomar Verea

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