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Antonio Ortuño
MAY 13 2017
El mundo alucinante

Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Desde el Olimpo

No hay argucia más simple para quien aspire a convertirse en un presunto crítico cultural implacable que escudarse en la autoridad ganada por un figurón incontrovertible. Porque desde lo alto de los hombros de un Cervantes, una Sor Juana, un Shakespeare o un Juan Rulfo (por hablar de nuestro hijo más preclaro), todos el resto de los árboles del bosque parecen chaparros. El problema es que los desdenes, muecas y desplantes que reservan estos curiosos trepadores para todos aquellos que ven como “menores” no son más que una farsa. Nadie puede reclamar para sí, como si le pertenecieran, los laureles que otros han obtenido por sus afanes. Las grandes glorias literarias, como quiere la frase hecha, son de todos. No de quien grite más fuerte.

Veámoslo de este modo: Truman Capote aseguraba, por allá de mitad de los años sesenta del siglo pasado, que nadie en Estados Unidos era capaz de escribir mejor que él. Lo decía para molestar a Gore Vidal, a quien detestaba. Capote era el caso más o menos habitual de un talentazo insoportable: sus contemporáneos coincidían en que era un soberbio y un arrogante. Pero al menos tenía la justificación de que su reclamo era respaldado por una multitud de críticos y por miles de lectores (eran las épocas en que el prestigio de A sangre fría era mundial). Podremos estar o no de acuerdo con él (algunos pensaban, por ejemplo, que su amiga Harper Lee era la buena) pero me parece que tendremos que reconocer que Capote podía poner sobre la mesa sus altísimas pretensiones y entender que algunos las apoyaban. ¿Eso justificaría que un señor cualquiera de Whichita Falls, Texas, incapaz de escribir alguna de las líneas de don Truman (y no se diga algo equiparable a uno de sus libros) se hubiera puesto a vociferar, trepado en su tren, que Gore Vidal (o Lee o Mailer o Salinger) era un torpe y un mediocre? Así, tal cual, como uno de esos rabiosos fanáticos futboleros que dicen que Messi no sirve para nada aunque no sepan ni patear un balón. Me parece que conocemos la respuesta: veríamos con cierta condescendencia (la que reservamos para los tontitos) a quien se comportara así.

Un crítico puede ser todo lo ácido, vitriólico, despiadado o inclemente que quiera. Pero tiene que razonar y exponer minuciosamente cada uno de sus juicios: ese, justamente, es su trabajo. Los grandes críticos son, antes que nada, grandes reflexionadores, grandes expositores. Su inteligencia hace unas lecturas más sutiles, más complejas, más informadas, que las comunes. Declarar, sin razonamiento de por medio, que nada vale la pena y todo es mediocre porque hay un Dios inalcanzable en los cielos (es decir, en este caso, el figurón de marras) no es más que un pretexto para no pensar. Es fanatismo, no crítica.

“El América es su padre y los demás se amuelan”. Eso podemos leer en la camiseta de un porrista. En una crítica uno espera algo más que una falacia de autoridad.

Antonio Ortuño

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