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Antonio Ortuño
ABR 28 2017
El mundo alucinante

Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

De la penumbra a dónde

La Encuesta Nacional de Lectura 2016, realizada por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc), concluye con un dato que parece muy promisorio: los mexicanos ocupan el segundo lugar entre los latinoamericanos que más leen, con un total de 5.3 libros al año, solamente por debajo de los chilenos, quienes, según los datos del organismo, leen 5.4 volúmenes anualmente. El informe, además, hace hincapié en que, en Chile, los libros pagan un IVA altísimo, del 19 por ciento, por lo que libreros y editores de la nación sudamericana temen que las cifras de su país podrían bajar. Vaya: que casi se da por hecho que México podría ocupar, en el corto plazo, el liderato latinoamericano en índices de lectura, algo que muy pocos habríamos creído hace unos años. Dan ganas de pellizcarse para ver si estamos soñando. ¿Lo estamos?

¿Qué pasó? Los informes mexicanos más recientes mostraban un panorama más bien desolador. La Fundación Mexicana para el Fomento a la Lectura (FunLectura) presentó en 2012 una encuesta nacional que llevaba un elocuente título: “De la penumbra a la oscuridad”. Allí se concluía que los mexicanos solamente leíamos 2.9 libros al año, y en su mayoría por obligaciones escolares. Cinco años después y sin solución de continuidad, hemos dado el brinco hacia adelante. Al menos, según las cifras del Cerlalc.
Evidentemente, contradecir las cifras del estudio 2016 requeriría un segundo estudio, realizado con procedimientos metodológicos comparables y que abarcara un universo de encuestados similar.

Esto no es sencillo ni barato, desde luego. Ningún estudio a gran escala lo es y por eso es que tardan tanto tiempo en elaborarse y presentarse.

Ahora bien: un fenómeno tan importante como este aumento espectacular de los índices nacionales de lectura debería dejar toda una serie de huellas perceptibles en la sociedad. Es decir, tendría que existir un correlativo aumento de las ventas editoriales (las cifras de la Cámara de la Industria Editorial, sin embargo no son tan optimistas) o del establecimiento de bibliotecas (tampoco es que haya sido muy notorio) o de incremento en los programas estudiantiles de lectura y, por supuesto, lo más importante: los ciudadanos de a pie tendríamos que darnos cuenta de que nuestros hijos, sobrinos, hermanos, vecinos, amigos y parejas leen más que antes. Al menos algunos entre ellos.  

¿Usted lo ha percibido? ¿Le ha parecido un incremento categórico, tal como dicen las cifras? En mi caso particular, y considerando que me dedico profesionalmente a los asuntos editoriales, puedo decir que he percibido un tibio aumento del interés de los jóvenes en la lectura, si lo comparo con el panorama de hace cinco o diez años. A la vez, cada día veo menos gente leyendo libros en el transporte, el parque o en cafés. Todo mundo está pegado a las pantallas de los celulares. Y me parece que lo que revisan no son ebooks, sino redes sociales.  

Yo, al menos, no he notado el subidón que la encuesta resalta. Me pregunto si alguien de verdad lo ha hecho.

Antonio Ortuño

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