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Juan Palomar Verea
ABR 21 2017
La ciudad y los días

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Puerto Vallarta, 1957

No debe ser un simple ejercicio de nostalgia. Es necesario que sea el aprendizaje de una lección, el análisis puntual de las características por las que un paisaje urbano y un sitio natural se acordaban con impecable armonía. Y, como en todo aprendizaje, es preciso convertir el conocimiento adquirido en una herramienta plenamente vigente para el futuro, para sus nuevos retos.

Puerto Vallarta a mediados del siglo pasado conservaba intactas sus claves genéticas. Casas de cal y canto con techumbres de teja, aleros, muros blancos con aperturas moderadas y lógicamente verticales, tendidos de hojas de palma en la playa para facilitar los trabajos de la pesca; y una sola eminencia: la de la parroquia que le daba foco y sentido al poblado. Una simple medida urbana había sido introducida: la de una incipiente avenida-malecón que afortunadamente aseguró un uso público y duradero del frente marítimo.

Seis décadas después los resultados de todo lo que siguió son evidentes. Puerto Vallarta se transformó en un lugar eminentemente turístico, con todas sus consecuencias. Innegables ventajas económicas y recreativas, lugar costeño distintivo de Jalisco. Y, junto con ello, radical transformación de los paisajes urbanos y naturales, costos ecológicos, diversas y profundas problemáticas citadinas.

Es posible hacer el ejercicio: miles de poblados marítimos en las costas del Mediterráneo, por ejemplo, han experimentado similares destinos y presiones. La diferencia es que en la mayoría de ellos la propia gente del lugar y sus autoridades tuvieron claro qué era su población y sobre qué factores basaba su identidad. Sabían que era esa preservación de su propia esencia lo que los hacía valer como lugares de visita y estancia. Y han hecho, a lo largo de los siglos, lo necesario para seguir siendo ellos mismos.

La lección, para nosotros, es clara. El pasado y sus obras allí están. Las mutaciones urbanas desafortunadas han alcanzado a la gran mayoría de nuestras poblaciones. Basta efectuar cualquier ejercicio comparativo entre lo que había y lo que ahora existe. Pero, en lugar del desánimo y las lamentaciones, es posible, para cada caso, enderezar programas de mejora del paisaje urbano y natural. Medidas modestas y pacientes, arbolados generosos y apropiados, acciones cuidadosas e inteligentes que devuelvan dignidad, decoro y orgullo a tantos medios urbanos ahora degradados. Ese es el acto de “magia” que podría revertir la decadencia y convertir a cientos de pueblos en lugares propicios para la vida de sus habitantes, en contextos deseable para la visita, la permanencia y el conocimiento de los viajeros.

Hay multitud de claves genéticas que subyacen, bajo una demasiado frecuente capa de actual fealdad y desorden, en los enclaves humanos diseminados por toda la región. Cocina, artesanías, festividades y costumbres, tradiciones, paseos naturales… y la propia presencia física de los entornos que, con el impulso de programas pertinentes, podrían recuperar la belleza urbana ahora nublada.

Esta es una operación de gran calado. Lejos de limitarse a los aspectos turísticos tiene una profunda repercusión en la vida de millones de habitantes de poblados rurales. Les podrá regresar el ahora enturbiado sentido de sus contextos, la esperanza firme de un mejor futuro.

Juan Palomar Verea

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