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Antonio Ortuño
ABR 21 2017
El mundo alucinante

Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Cimentos

Es el azar, me parece, el responsable principal de que uno elija ciertas lecturas en la adolescencia en vez de otras. Los libros que llegan a casa, en manos de padres o hermanos; los que algún amigo recomienda; los que miramos en las mesas, escaparates o anaqueles de una librería y parecen llamarnos; y, claro, los que aparecen en los programas escolares (aunque esos, me temo, rara vez levantan otras pasiones que no sean el tedio espantoso de los escolapios), pueden llegar a convertirse en influencias fundamentales en la vida y ayudar a que se tomen decisiones en asuntos que van de la estética a la identidad personal, o de las inclinaciones sexuales a las políticas y, claro, que llegan hasta a definir posturas ideológicas.

¿Por qué hay tanta gente que parece no tener la menor idea de por qué piensa lo que piensa en alguna (o ninguna) de esas materias? Porque, me temo, carece de esas lecturas cardinales de la juventud. O porque sus lecturas fueron tan modestas que difícilmente se podía extraer de ellas un ideario, en cualquier sentido. Y no es que uno deba consagrarse en exclusiva a leer filosofía, ciencia política o cosa similar: también en optar por la poesía (y según qué poesía) o la narrativa hay una toma de posición. En la literatura hay ideas, por supuesto. La novela policiaca, la fantástica, la de aventuras, tienen tras de sí, al menos en potencia, tantas ideas como la narrativa más encumbrada. Las tienen la poesía y el ensayo. Baudelaire ha modelado tantas vidas como Platón.

¿Dejan de ser significativos los libros que se leen en la edad adulta o ya en la senectud? No, desde luego. Aunque, en la mayor parte de las ocasiones, esas lecturas son consecuencia (ya sea linealmente o como reacción contraria) de otras anteriores. Son raros los casos de quienes no quisieron (o pudieron, porque los factores económicos cuentan) leer en la juventud y luego son capaces de incorporar la lectura como parte de sus actividades adultas. Y lo mismo que quien comienza a correr a los cincuenta años no va a alcanzar los beneficios físicos que quien practica deportes desde niño, los lectores tardíos suelen tener que remontar enormes lagunas. Y, lo mismo que el deportista otoñal debe soportar con paciencia las historias de sus nuevos colegas, los atletas de toda la vida, quien comienza a leer tarde en la vida debe aguantar que le suelten cosas como: “¿En serio no conoces la Iliada? Pero si la ves desde la secundaria”.

Ya dijo Collete que el placer nunca es malo, y por eso resulta mejor comenzar a gozarlo en la juventud. Pero, en el fondo, cualquier edad es apropiada. Si se perdió durante mucho tiempo la oportunidad de pasarla bomba, nada nos obliga a quedarnos así. Leer, antes que nada, es una posibilidad de placer. Y de aprendizaje y reflexión también, claro. Las lecturas fundamentales pueden llegar en cualquier momento. Hay que seguir buscándolas.

Antonio Ortuño

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