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María Palomar
ABR 9 2017
De lecturas varias

Por María Palomar opinion@informador.com.mx

La escalera eléctrica: elogio de Tlaxcala

El miércoles 5 de abril de 2017, los periódicos locales proclamaban que la víspera había sido “un día histórico” para Tlaxcala, pues se inauguró la primera escalera eléctrica en el estado.* No han parado de publicarse notas sobre el suceso, incluyendo una en el periódico británico The Guardian,** así como incontables “memes” y chistoretes en las vecindades cibernéticas. Huelga añadir que los comentarios van del sarcasmo ingenioso a la burla despectiva.

    Es cierto que las primeras escaleras eléctricas comenzaron a funcionar en el último par de años del siglo XIX (el primer modelo comercial de Seeberger y Otis ganó un premio en la Exposición Universal de París de 1900), pero de ahí a dar por sentado que tenerlas o no es una medida de la “modernidad” de un lugar hay un salto lógico directito al absurdo. En estricto raciocinio, las cosas utilitarias se tienen o no dependiendo de a) si se necesitan, y b) si se pueden costear. Los submarinos se fueron desarrollando a lo largo del siglo XIX y ya en la primera guerra mundial las potencias los habían incluido en sus marinas de guerra, pero hasta la fecha la Armada de México nunca ha tenido ninguno. ¿Y?

    La flamante escalera eléctrica tlaxcalteca está en la población de Apizaco, en una tienda de departamentos. La primera que hubo en Guadalajara, por cierto también bastante tardía (a principios de la década de 1960), estuvo asimismo en unos almacenes, los de El Nuevo París, en el edificio Lutecia, y sólo era para subir de la planta baja al primer piso (se bajaba a pie). Y con todo, puede asegurarse que la Guadalajara de antes de la escalera eléctrica y antes del millón de habitantes era bastante más civilizada, grata y ordenada de lo que es hoy.

    Tlaxcala es el estado más pequeño del país, lo cual ya en sí es un atractivo y una ventaja en muchos sentidos. Su capital es una ciudad preciosa que afortunadamente no frecuentan las masas de turistas. Tiene una plaza de toros -la más antigua de México- que es una joyita del XVIII, en su catedral está uno de los pocos techos mudéjares que hay en América, y el santuario de Nuestra Señora de Ocotlán es un prodigio del barroco tardío. Se come de maravilla, como suele ser el caso en el Altiplano y particularmente en esa región alrededor de Puebla, que tiene una cocina extraordinariamente refinada. Muy cerca de ahí, los frescos de Cacaxtla, de lo más bello que hay en la República, permiten recordar, con sus cenefas de flora y fauna acuáticas, el pasado lacustre de la zona.

    Y mal que les pese a los tenochcas, el de Tlaxcala es el auténtico obispado primado de México, erigido en 1525 y cuya sede metropolitana era Sevilla (en 1539, cuando ya existía el arzobispado de México, la mitra tlaxcalteca pasó a la ciudad de Puebla). Su primer obispo -y por algún tiempo el único consagrado en el continente- fue el dominico aragonés fray Julián Garcés, gran humanista discípulo de Nebrija y formado en la Sorbona.

 

*https://www.elsoldetlaxcala.com.mx/local/597784-ya-tenemos-escaleras-electricas

**https://www.theguardian.com/world/2017/apr/06/tlaxcala-mexico-first-electric-escalator

 

María Palomar

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