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Ivabelle Arroyo
ABR 5 2017
La sopa

Por Ivabelle Arroyo ivabelle@gmail.com

Hugo Luna, contra el ruido en la ciudad

Qué agradable sorpresa encontrarse un texto del jefe del gabinete tapatío, Hugo Luna, con la visión del Ayuntamiento sobre el ruido en la ciudad. Y qué maravilla que el texto aborde el interés de esta administración por combatir la apropiación de los espacios públicos. Y qué fregón que, apropiadamente, considere la contaminación auditiva como una apropiación privada del entorno.

Aunque lo hizo en otro diario (ahí muy mal), estoy totalmente de acuerdo: el ruido es una invasión intolerable. Y perdón, pero la música también es ruido y su imposición es una grosería. No hay nada peor que llegar a un café a descansar un momento, a conversar con una amistad, a entrevistar a un político, a leer un libro o a revisar ociosamente las redes y tener que soplarse a Amanda Miguel.

Pero bueno, ese es un tema de convivencia y consumo: hay más cafeterías, hay dueños comprensivos, y estoy segura además de que alguien disfrutará a Amanda Miguel.

Pero qué se hace cuando la música, mala o buena, invade el espacio vital —la calle—, o se cuela a través de los muros privados. Luna explica que la actual administración ha hecho lo que se puede: sensibilizar a empresarios, revisar negocios, atender quejas y aplicar la ley, en un marco de políticas públicas para lo que llama “liberación social”.

Me gusta. Con esas políticas, asegura que combaten la propaganda, los desarrollos irregulares y el comercio en vía pública, entre otros. Claramente, este es un proceso inagotable y la mala conducta no es atribuible a la autoridad, como bien apunta Luna en este y otros casos de debate público. Hay corresponsabilidad social y eso debe asumirse.

Pero hay algo que preocupa en el planteamiento de Luna. Primero, la autocomplacencia. Claramente no es suficiente lo que están haciendo, pero además alguien no le ha informado que su visión (correctísima) choca constantemente con la corrupción y la pusilanimidad de los responsables directos. No lo imagino: está registrado en muchos de los casos reportados en redes en el grupo de la Cruzada contra el ruido en Guadalajara. Con documentos y testimonios, uno puede ver omisiones, revisiones a destiempo, complacencia, complicidad y reaperturas constantes.

El segundo punto que preocupa en el texto de Luna es la concepción sobre los derechos y la ley. En un párrafo habla de prelación de un negocio frente a vecinos inconformes (los ruidosos llegaron primero). Perdón, pero hay un conflicto de derechos y por lo tanto, no aplica la prelación. El empresario no tiene derecho a violar la ley: si rebasa los decibeles permitidos daña la salud y es acreedor a una sanción, que lamentablemente, no es suficiente. La multa a particulares es de tres salarios mínimos (no se rían) y a negocios es al contentillo (que no se rían). Una norma federal contempla el límite de decibeles y dos reglamentos municipales la ridícula sanción. Por eso, Luna, no se trata sólo de cumplir la ley sino de leerte a ti mismo, hacerte caso para considerar esto una invasión al espacio público y convertirlo en una prioridad municipal para cambiar la norma y las conductas.

Ivabelle Arroyo

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