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Jaime García Elías
MAR 30 2017
Entre veras y bromas

Por Jaime García Elías opinion@informador.com.mx

– “Agua… y ajo…”

La semana pasada, en un amable convivio con ingenieros y urbanistas, se evocaban las lamentaciones acerca de la degradación –ostensible e incontenible, salvo prueba en contrario– en la calidad de vida de los habitantes de Guadalajara, avaladas por el argumento de autoridad…

-II-

“El jardín del Santuario está pelón; y el de San José, y el de Santa Mónica, y el de Belén; la Plaza de armas perdió sus sombras y la Alameda fue diezmada (…); gobiernos han ido y venido con proyectos, caprichos y realizaciones adversos entre sí (…); es penoso transitar por las calles, y en algunas, imposible (…); construcciones de mal gusto han sido clavadas en parques y jardines; infíltranse modernos estilos de vida…”.

Como si aludiera a la Guadalajara actual, de la que aún no se sabe si merced a la obra pública que se realiza –¿o sería más exacto decir “se perpetra”?– por doquier, está en proceso de construcción o de destrucción; como si se refiriera al precio de graves incomodidades y contratiempos cotidianos que en el presente tienen que pagarse a cambio del paraíso que se promete para cuando esas obras estén concluidas y en operación; como si hubiera trazado ese boceto de su ciudad natal, de la que fue alcalde y a la que dedicó algunas de sus mejores páginas como literato, Agustín Yáñez hacía esos apuntes… en 1930: hace más de 80 años: antes de la “modernización” que experimentó la ciudad a mediados del siglo pasado; antes de que se transformara (aún no se aclara si para bien o para mal) en la “Metrópoli” que nació junto con “El Tapatío un Millón”, en 1964.

-III-

Una nota del día da cuenta de que la metamorfosis de la otrora “Ciudad Amable”, por lo visto, es irreversible. Se trata de la declaración del presidente de la Cámara Mexicana de la Construcción en Jalisco, Luis Rafael Méndez Jaled, en el sentido de que las monstruosas torres habitacionales –signo del progreso, según eso…– que se han convertido en una plaga, “evitan la dispersión de la población”. En otras  palabras, que la ciudad ya no debe desparramarse, como lo hizo durante muchos años, sino crecer hacia arriba.

Puesto que, una de dos, o las ruedas de la historia no giran hacia atrás, o aquí no se ha descubierto cuál es la palanca que lo hace posible, al tapatío sólo le queda suscribirse, de grado o por fuerza, al remedio consabido: “agua… y ajo…”.

 

Jaime García Elías

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