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Juan Palomar Verea
MAR 29 2017
La ciudad y los días

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Una derrota de Álvaro Siza vs. los fundamentalistas

Hace veintitantos años el maestro Álvaro Siza más o menos les dijo, lacónicamente, a una pareja de suizos supuestamente conocedores de arte: “Si quieren de veras ver buena arquitectura vayan a México y pregunten por Luis Barragán.” Vinieron los suizos; su vida cambió.

Para muchos, Álvaro Siza es el mayor arquitecto viviente. Basta revisar su obra, poseedora de una potentísima poética, de una certera pertinencia a cada lugar donde se inscribe, de una maestría absoluta en expresión y forma. Basta leer sus textos y entrevistas. Basta comprobar su legendaria humildad, su contundente sentido común. Portugués tenía que ser, hijo de esa patria de navegantes y descubridores, del fado y de Pessoa.

Pues bien, hace apenas algunos meses Álvaro Siza presentó un espléndido proyecto, en colaboración con Juan Domingo Santos, para un nuevo y utilísimo acceso a la Alhambra de Granada. A juzgar por los dibujos, es uno de los proyectos más barraganianos de la carrera del Premio Pritzker 1992, influencia que acepta, asume y transforma brillantemente el arquitecto de Oporto. También se puede apreciar que es un proyecto discreto, respetuoso y contemporáneo. Pero sus esfuerzos tropezaron con los fundamentalistas… y naufragaron.

Esta plaga arquitectónica, la de los fundamentalistas de la “conservación” y del “patrimonio”, es ubicua y se esparce por muchas partes. Una característica común de sus practicantes es la pretendida superioridad moral que les otorga la “corrección política” respaldada según ellos por las experiencias históricas, siempre interpretadas a su manera. Los fundamentalistas suelen enarbolar la verdad por la gamarra. Se asumen automáticamente como los intérpretes únicos de la tradición, como los dueños de los oráculos del pasado. Generalmente, contribuyen más a deteriorar el patrimonio que a otra cosa.

Hay que distinguir a los fundamentalistas de los verdaderos defensores y promotores del patrimonio. Estos se ocupan tanto del pasado de éste, pero más importante aún, se ocupan de su futuro. Entre nosotros existió un gran ejemplo: Gonzalo Villa Chávez. El célebre “Sajón”, como le decían sus amigos, era un modelo de humildad y sentido común. A su sapiencia más que probada unía un gran sentido del humor y una aguda perspicacia. Gracias a todo ello Gonzalo logró una espléndida trayectoria, dejando ejemplos de restauración y reutilización de edificios patrimoniales que son ejemplares. Por supuesto que, desde tal postura supo siempre ser congruente, íntegro. Era convincente por el peso específico que su labor misma, en la cancha, en los hechos, le otorgó. Y, claro, como todos los grandes, también tuvo sus derrotas.

Curiosamente, los fundamentalistas al uso deplorarían las enseñanzas de Gonzalo, maestro absoluto. Un solo ejemplo que son tres: ¿Por qué no enjarraría completitos al Museo, al Hospicio Cabañas, y al Palacio de Gobierno, obras en las que trabajó? Si, según parece, esto es un reclamo terminante de los fundamentalistas de la “conservación”. Y habría muchos otros ejemplos en la fecunda, sapiente, heterodoxa y libérrima carrera del arquitecto Villa Chávez. “Heterodoxa” porque sabía entender con un criterio firme y propio a su trabajo.

Así, pues, volviendo al principio, Álvaro Siza obtuvo una resonante derrota a manos de los fundamentalistas de la Alhambra. Esperemos que después la guerra se revierta, que triunfe su sapiencia, su buen juicio, su perseverancia, la misma belleza de su obra que dialoga eficaz y contemporáneamente con el insigne monumento. Y que los fundamentalistas tan ubicuos aprendan las lecciones de Siza, y de Villa Chávez. Por el bien del patrimonio.

Juan Palomar Verea

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