Guadalajara, Jalisco

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Armando González Escoto
MAR 26 2017
Los colores del tiempo

Por Armando González Escoto armando.gon@univa.mx

Guadalajara vertical

Hacia arriba parece que se puede crecer sin límite, por lo menos en Guadalajara. Las razones de esta nueva forma de expansión han sido constantemente avaladas y pocas veces reguladas, o mejor dicho, las regulaciones acaban siendo irrelevantes si, como en el caso de Puerto Vallarta, se puede incluso sobrepasar la altura de los edificios fijada por las normas del tráfico aéreo, a cambio de algún flamante y lujoso departamento.

Las regulaciones más comunes tienen que ver con la infraestructura de la zona donde se construyen estos rascacielos, hoy por hoy, por todas partes, y por lo mismo en sectores que no fueron concebidos para satisfacer tal demanda de servicios en agua y drenaje, en corriente eléctrica, y sobre todo, en vialidades y áreas verdes. Pero aún si dicha infraestructura existiera, materialmente hablando, debería antes asegurarse que la ciudad puede seguir accediendo a tales o cuales porcentajes de agua, pues ¿de qué serviría tener en las mejores condiciones todo el sistema de abasto de agua si no hay agua que ajuste? El drama de los felices vecinos de Puerta de Hierro radicó además en el modo en que el crecimiento vertical exponencial acabó con su privacidad y colapsó las vialidades, situación que persiste hasta la fecha.

Hay sin embargo otro aspecto de la nueva verticalidad que salta a la vista de todo mundo: la ausencia de creatividad y audacia arquitectónica que ha generado por contagio el surgimiento de pesados bloques, cuadrados, chatos, planos, monótonos, como torres de cajas de zapatos cuyas ventanas semejan códigos de barras incontrolados, o sudokus alargados que creen salvar su falta de ingenio pintándolos de distintos colores. Hay que ir a otras latitudes para descubrir todo lo que la arquitectura moderna puede ofrecer en diseño y sustentabilidad, en imaginación y osada ingeniería. Probablemente nuestra pobreza a este respecto traiciona la pobreza de los propios inversores que lo único que quieren es hacer departamentos pronto, para recuperar la inversión, así construyan adefesios monumentales.

Afortunadamente hay excepciones que muestran la especial capacidad de muchos arquitectos e ingenieros que no se venden por el proyecto más barato, sino por el más original y creativo, y también hay excepciones en el difícil reto de remodelar torres ya existentes, uno de esos ejemplos, desde mi punto de vista, genial, ha sido la transformación de la torre antes llamada La Paz, que con una importante inversión convirtió un viejo edificio en una construcción vanguardista, pues además es el único edificio iluminado que tenemos en Guadalajara, elemento que fortalece su flamante reaparición en el horizonte vertical tapatío.

Este nuevo mundo de las alturas nos ofrece ahora la posibilidad de hacer un turismo calificador, diferenciando las verdaderas obras de arquitectura de los meros adefesios de concreto y vidrio. También nos invita a la investigación periodística para saber cómo es que los constructores obtuvieron licencias cuando no debían y a cuántos otros, que reunían todos los requisitos, se las negaron, para luego, sometidos a la presión de los tiempos, obtenerlas a precios muy superiores, con todo y campañas, institutos, acuerdos y compromisos para abatir de manera definitiva el lastre de la corrupción.

 

Armando González Escoto

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