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Antonio Ortuño
MAR 24 2017
El mundo alucinante

Por Antonio Ortuño opinion@informador.com.mx

Leer en vez de“ler”

Hace unos meses el secretario de Educación, Aurelio Nuño, fue apaleado en las redes luego de ser (humillantemente) reconvenido por una niña en un evento oficial. “Se dice leer, no ‘ler’”, le recordó la pequeña estudiante al funcionario, que se andaba echando un rollo al respecto de las siempre cacareadas y rara vez practicadas bondades de la lectura. La niña, desde luego, tenía razón y las justificaciones a la metida de pata de Nuño que comenzaron a saltar, aquí y allá, sonaban francamente absurdas (algún lambiscón en los medios llegó a decir que era urgente cambiar los diccionarios porque “nadie usa la doble e” y otro arguyó que, gracias a burradas como la del secretario, existía el español “o seguiríamos hablando latín”).

La cosa, claro, va más allá de esa pura anécdota. Como país, nuestros problemas de comprensión lectora son bastante notables. Y esto no tiene que ver solamente con la pronunciación, sino también con la capacidad de discernir lo que se lee. Tenemos todo un muestrario de taras que citar: por ejemplo, la que aqueja a quien rara vez pasa los ojos por encima de un texto y no es capaz de reconocer ni su nombre. O la tara del que medio logra salir adelante si se trata de un instructivo breve o un aviso concreto (“Para abrir la puerta, jale”) pero naufraga si hay demasiadas letras más y los mensajes dejan de ser lineales y simples. Este tipo de personas suelen ser tachadas de “analfabetas funcionales”, para distinguirlas de aquellas que, por marginación y miseria, no recibieron ninguna clase de instrucción (y a las que sería estúpido reclamar la falta de lo que se les ha negado).

Luego vienen los que comprenden las cosas a medias, ya sea porque no tienen costumbre de tratar con textos complejos o porque (así es la vida) no dan para más. Gente incapaz de lidiar con ideas y términos, y, claro, de reconocer matices como la ironía, que suele eludir a los que se abisman en la literalidad. Este es, sin duda, uno de los grupos que les da más quebraderos de cabeza a los profesores de todos los niveles, porque quienes lo integran ni están completamente en ceros ni se puede decir que realmente aprendan.

Y cómo olvidarlos: también tenemos una pequeña multitud de personas que leen mal a sabiendas, es decir, que retuercen los sentidos de las frases para, por ejemplo, atribuir a un contendiente ideas que no profesa (y para dárselas de ofendidos, que es una de las actitudes en mayor boga en toda la Internet). Raro es el debate público en el cual no se recurre a la deformación abusiva de un escrito. Si el enredador es hábil, puede conseguir que una frase inocua parezca cargada de aviesas intenciones. Aunque como, generalmente, este tipo de personas no son ajenas a los problemas de comprensión lectora, a veces basta con señalarles lo obvio de su distorsión para contenerlos.

Como se ve, las consecuencias de “ler” son variadas y nocivas.

Antonio Ortuño

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