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José M. Murià
MAR 24 2017
Replicando y en la procesión

Por José M. Murià jm@pgc-sa.com

Colosio y Silva-Herzog

A J. Socorro Velázquez

Quien haya cumplido el día de ayer 23 años no tendrá problema para recordar la fecha exacta de la muerte de Luis Donaldo Colosio. Ironías de la vida: para él o ella, como dice la canción, será motivo para “celebrar con gusto, señores” mas para la mayoría debería ser de luto y motivo de reflexión, tales crímenes no solo dañan la marcha del país, sino que además lo degradan sobremanera.

Aunque es cierto que, gracias a la política establecida por el señor presidente Felipe Calderón (FECAL), el tema de la muerte violenta y hasta antecedida de una buena dosis de tortura, se volvió el pan nuestro de cada día en este país.

De cualquier manera, el asesinato de Colosio es de especial relevancia porque obligó a una precipitada decisión del candidato presidencial que tomó su lugar y, además, sin mucho de donde escoger, dados los requisitos de desempleo establecidos para los aspirantes al momento de la designación.

No sé si Zedillo fue la mejor carta posible. Muchísimos hubiéramos preferido a Jesús Silva-Herzog, pero estaba en ejercicio de secretario de Turismo.

Lo que es cierto es que ni uno ni otro hubieran estado de acuerdo en la aplicación tan drástica del entonces recién firmado Tratado de Libre Comercio (TLC) que, aparte de algunos puntos a favor, tiene en contra el haber incrementado, según recientes estudios muy serios de El Colegio de México, la desigualdad mexicana hasta hacer de ella la segunda en América Latina.

No se habla de niveles de miseria que, de cualquier manera, son muy altos, sino de desniveles, lo que quiere decir que a unos pocos les ha ido muy bien con el dicho pacto, pero a la mayoría, no.

Claro que debemos tomar en cuenta que, entre 1994 y la fecha actual se encuentra la llamada “docena trágica (2000-2012)” cuando los honestos panistas despilfarraron de manera inicua un caudal de inesperados recursos que se bautizaron como “los excedentes petroleros”. La mayor parte de aquella riqueza se dilapidó en más burócratas (en su mayoría no tan solo inútiles sino igualmente estorbosos) y se escurrió también en la mayor corruptela de la que hemos tenido noticia.

Tanto Luis Donaldo como Jesús, con mayor conciencia nacional que los otros hubieran procurado, como lo dijo Colosio en su famoso discurso del domingo 6 de marzo de 1994, en el monumento a la Revolución de la capital: podía pensarse en la modernización, pero no podía dejarse de hacerlo en las familias mexicanas. Dicho en otros términos de mayor rango: “Ni tanto que queme al santo…”.

He recordado en estos días muchas conversaciones con Silva-Herzog y he regresado a varios textos de Colosio. Me queda claro que su preocupación primigenia era arremeter contra la desigualdad que prevalecía en México, menor por cierto que la de ahora, según recientes estudios de El Colegio de México. Quizá sería tiempo de que corrigiéramos el rumbo antes de que las circunstancias lo hagan por la fuerza.  

 

José M. Murià

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