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Guillermo Dellamary
MAR 23 2017
Misiva

Por Guillermo Dellamary delamar@yahoo.com

Un mexicano culto

No es el que sabe de “latín, latón y lámina acanalada”, reza el popular refrán. Ni tampoco el que se las da de gran erudito en historia, música clásica, ciencias y literatura famosa.

La cultura no sólo tiene que ver con el conocimiento universal y la sabiduría clásica, también se desarrolla y nota en el estilo de vida.

Pero veamos lo que nos dice Samuel Ramos en su Perfil del Hombre y la Cultura en México: “En el fondo, el mexicano burgués no difiere del mexicano proletario, salvo que, en este último el sentimiento de menor valía se halla exaltado por la concurrencia de dos factores: la nacionalidad y la posición social. Parece haber un contraste entre el tono violento y grosero que es permanente en el proletario urbano, y cierta finura del burgués, que se expresa con una cortesía a menudo exagerada. Pero todo mexicano de las clases cultivadas es susceptible de adquirir, cuando un momento de ira le hace perder el dominio de sí mismo, el tono y el lenguaje del pueblo bajo. ¡Parece un pelado!, es el reproche que se hace a este hombre iracundo. El burgués mexicano tiene la misma susceptibilidad patriótica del hombre del pueblo y los mismos prejuicios que éste acerca del carácter nacional”.

El acercamiento que hace Ramos al mexicano culto, por la vía del burgués que disimula con más recursos intelectuales sus sentimientos de inferioridad, que sólo lo hace ser un distinguido actor que pretender ser lo que en realidad no es.

Digamos que en toda pretensión de aparentar ser un mexicano culto, se esconde un auténtico “pelado”, especialmente cuando aparece la ira.

Al exagerar los modales o presumir sus viajes y dotes poliglotas, en el fondo lo que pretende es distinguirse de la gente vulgar y corriente, lo que quiere es “ponerle crema a sus tacos”.

Hay que distinguir entre el que realmente es una persona culta, del que sólo pretende y simula serlo. Este último es el que alardea cambiar el tequila por un whisky, o se las da de experto en vinos y desprecia las bebidas de frutas, el tepache o el pulque. Esas son para el pueblo.

El desencanto mayor es cuando se descubre que disfruta aparentar que sabe, que viste bien imitando a otros y que va a Nueva York, porque lo hace sentir superior.

Ese es el tema, se cree que ser culto es imitar a otros modos de ser y de demostrar que se deja atrás al pelado y corriente, que aún siente que lleva adentro. Y andar por la vida con la sensación de que hay que presumir todo lo que lo hace distinguirse del pueblo.

En cambio el que verdaderamente es culto, es el que ya ha vencido esa tremenda lucha interior, y no se siente amenazado por su “peladito interior” y deja de vivir de la pretensión y la necesidad de presumir y destacar por encima de los demás.

El hombre culto, se siente seguro con su propia identidad.

Guillermo Dellamary

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