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Francisco Baruqui
MAR 20 2017
Y… pensándolo bien

Por Francisco Baruqui francisco@baruqui.com

La negación de lo innegable…

En pasados días tuve contacto con gente de Venezuela que mis escritos sigue, y le aseguro amable lector, que la situación que padece el país es descarnada.

Es la tierra del “no hay…”.

En una nación bendecida para unos o maldecida para otros con el oro negro del demonio, el petróleo, las carencias y privaciones que se tienen alcanzan lo incomprensible, cuando con una inflación cercana al mil por ciento, —sí, leyó Usted bien, el mil por ciento—, hay escasez de medicamentos, de alimentos y combustibles; se raya casi en cero la oportunidad de trabajo, y navegando en una tempestad de injusticia, crimen e inseguridad, que tiene a la población, —palabras textuales—, “volviéndose loca…”.

Y no hace falta que lo digan, cuando en noticieros se ven las escenas de gente padeciendo la hambruna, que pepena entre la basura acumulada en la búsqueda de algo, —sin importar el estado de lo que encuentren—, que mitigue el trauma de los estómagos vacíos.

Y ni qué hablar del estado de ánimo que priva entre la ciudadanía, incluyendo a muchos milicos que formaron parte del ejército chavista, y que ahora mismo están padeciendo con los “no hay” como el resto de venezolanos comunes.

¿Orígenes..?  ¿Consecuencias..?

La manipulación que la dictadura cubana de los Castro vino ejerciendo, primero con Chávez y ahora con Maduro, su heredero, viviendo del petróleo venezolano con la sumisión militar de quienes vieron en el comandante Fidel a un ícono libertario, —¿libertad de qué..?—, tuvo el desarrollo de la debacle total de un país rico, inmensamente rico como lo era, que con otros gobiernos más patriotas y capaces podría ocupar un sitio de privilegio en el concierto mundial de naciones.

 Hoy, bajo los efectos de un trasnochado populismo que la ha reducido al estado en el que está, de miseria absoluta, hace inminentemente necesaria la participación de las instituciones de unión de países, para intentar que la pesadilla de un pueblo caído en la desgracia de regimenes totalitarios que lo tienen sojuzgado, pueda dar paso, con la democracia por delante, a un futuro que le permita vivir otra realidad bien distinta a la que está padeciendo.

La Organización de Estados Americanos, —OEA—, al fin, por fin y en fin, ha tomado la determinación de defender a Venezuela desde diferentes planos, tanto por la vía diplomática como política, sin importar que el tirano bolivariano la ataque considerándola como traidora al sentido libertario de América Latina.

La emergencia alimentaria, que no ha querido reconocer Maduro, a voz propia de quienes contactaron conmigo, está obligando a una migración de venezolanos a vecinas tierras colombianas y brasileñas huyendo de la situación.

La cartilla de racionamiento llamada pomposamente como “carnet de la patria”, es la oportunidad de proveerse de algo, —cuando hay—, para llevarse a la boca, teniendo que formarse en filas largas desde la dos de la madrugada para cuando abran, y yéndose con el hambre y la decepción por delante, ver el bajón de cortina cerrando, para escuchar tan solo, el “ya se acabó…”.

Sin embargo, Nicolás Maduro, —sí, ése al que Chávez le habla por conducto de los pajaritos—, vive otra realidad, la suya, y la de la caterva de lacayos apoyados en la fuerza militar bien estructurada en una delincuencia organizada con cabezas como las de Diosdado Cabello, su cerebro, y la de su vicepresidente, Tareck El Aissami, sobre los que pesan acusaciones de narcotráfico por parte de los Estados Unidos, a más de sobrinos del mismo Maduro a los que se les ha investigado y culpado por el mismo delito.

Y…  PENSÁNDOLO BIEN.

Y…  PENSÁNDOLO BIEN, visto lo visto, lo cierto es que el dictador sureño sigue rechazando una realidad flagrante que a la vista está, preocupado tan sólo en su permanencia en el poder, sin importar en lo mínimo, lo que la gente de la hundida Venezuela padece.

Es de desear, aunque por ver está el esperar y confiar, que la acción de la OEA, que hasta ahora de nada ha servido, vaya en el sentido de expulsión de la institución a fin de aislar a un régimen totalitario con máscara de democracia, que se ostenta en LA NEGACIÓN DE LO INNEGABLE…

Ya se verá.

Francisco Baruqui

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