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Juan Palomar Verea
MAR 3 2017
La ciudad y los días

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Destinos de un edificio moderno: ya hay que cuidarlos

Dice la sentencia que “el que a hierro mata a hierro muere”. Esto se aplica, desde hace ya tiempo, a las primeras y segundas modernidades arquitectónicas del siglo XX. Incontables edificaciones de esta procedencia —digamos, de entre 1920 y 1970— han mordido el polvo. Sustituyeron muchas, sin mayor escrúpulo, a notables hechuras previas. A su vez, y precozmente, un buen número de ellas ha sucumbido bajo la piqueta o bajo “renovaciones” que las volvieron irreconocibles. Particularmente cruel ha sido el destino de tantas producciones que se pueden (o podían) fechar de los años de la posguerra hasta los setenta.

Fueron, en el campo tapatío, los años en los que floreció esa segunda modernidad, impulsada por los maestros y los primeros alumnos egresados de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara, fundada precisamente en 1948. Y además, claro, por otros profesionales no directamente ligados a esa institución.

De esa distinguida serie de arquitectos e ingenieros se destacó desde muy temprano uno de sus más inquietos integrantes: Federico González Gortázar, quien ya desde la década de los cincuenta dio muestra de un singular talento. De lo que este autor realizó a lo largo de su primera etapa emerge un talante renovador, ligero, audaz. Baste como muestra el extraordinario y hoy muy maltratado edificio mixto (cosa notable en sí) de la esquina suroriente de López Cotilla y 16 de Septiembre. Ojalá que sus propietarios sepan valorarlo y restaurarlo.

El caso del Colegio Cervantes Colonias, esquina nororiente de Lafayette/Chapultepec y Bosque/Zuno, es paradigmático. Esta apreciable institución educativa marista funcionó durante años (¿a partir de los años cuarenta?) en lo que fuera la extraordinaria mansión que el general Diéguez le mandara hacer al arquitecto Guillermo de Alba hacia 1914. La propiedad abarcaba toda la cabecera de la manzana en cuestión, y tenía una densa huerta de mangos y otros ejemplares botánicos. Como toda arquitectura de veras grande, la casa Diéguez se adaptó perfectamente a sus nuevos fines escolares. Por años pasaron por sus aulas, sus balcones y corredores, sus semisótanos y amplios patios, generaciones de estudiantes de primaria.

Pero la siguiente modernidad (la extraviada) atacó. Los maristas tenían demanda y necesitaban más espacio. El pensamiento lineal tan característico de la época, la ausencia de sentido patrimonial, y un pragmatismo chato generaron una idea primitiva y simple: meter a fuerzas un gran edificio lineal (por supuesto) que ocupara todo el predio. Quienes fueron entonces alumnos del colegio vieron como la nueva hechura avanzaba imparable de Oriente a Poniente hasta que, literalmente, devoró la vieja mansión.

Por supuesto que había alternativas, y mucho mejores, y más económicas: no hacer la tan preciada por los modernos tabula rasa, en primer lugar. Aprovechar en toda su extensión y posibilidad la casa, y considerarla intocable y emblemática. Y construir todo lo necesario en lo demás del amplio solar. Ejemplos exitosos de este tipo de intervenciones sobran. Pero faltaron lucidez, perspectiva histórica, incluso buen gusto: ¿No estaban pues los directivos maristas en presencia de una de las mejores muestras arquitectónicas (un poco a lo Wright) de un autor tan señalado como Guillermo de Alba?

Total, se tumbó salvajemente la casa y se implantó —no sin el grave antecedente— un buen edificio moderno, de la factura de Federico González Gortázar. Posiblemente haya sido terminado hacia 1965. Limpio, claro y digno: bien ventilado e iluminado. Con buenos parteluces en sus fachadas Norte y Sur. Con una notable capilla en el tercer piso con cubierta —muy de la época— de paraboloides hiperbólicos de concreto. Siguiendo el inveterado jacobinismo oficial, ese recinto tenía ridículamente que ser disfrazado de “auditorio” ante los inspectores.

Ya para los años ochenta, parece, los maristas cambiaron el colegio a Loma Bonita, en donde por cierto tienen también un estupendo internado, obra de Alejandro Zohn, que ojalá esta vez sí cuiden. Por estos días, el otrora flamante edificio de Federico González Gortázar va de capa muy caída. Parches, descuidos, remiendos, asobronamientos varios. Una increíblemente tolerada invasión de la servidumbre por Lafayette/Chapultepec completa el cuadro. Posiblemente el plantel educativo que ahora ocupa el edificio pueda recordar que el respeto y la correcta utilización de la arquitectura patrimonial y de la ciudad es una de las mejores lecciones, precisamente, educativa.

Un poco más de 50 años, dos derrotas arquitectónicas en el mismo lugar. Es más que hora de respetar nuestro patrimonio moderno, de respetarnos.

Juan Palomar Verea

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