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Diego Petersen
FEB 8 2017
En tres patadas

Por Diego Petersen diego.petersen@informador.com.mx

Último ultimátum

Ultimátum: Del latín “última palabra”. Es un cultismo, o sea una palabra dominguera, o latinazgo, que se introdujo al inglés en el siglo XVIII (en 1725) y llegó al español cien años después. Un ultimátum es, pues, un punto final para una negociación o un plazo perentorio para la ejecución de alguna orden.

El ultimátum del día lo puso el gobernador Aristóteles Sandoval para todos los involucrados en la creación de las rutas empresa del transporte público, desde el secretario de Movilidad, Servando Sepúlveda, hasta los concesionarios, los prestanombres y los de verdad. 90 días. Tres meses o lo que es lo mismo nos vemos el 8 de mayo para rendir cuentas.

La pregunta es si hay condiciones para que en tres meses se haga lo que no se ha hecho en cuatro años. ¡Qué es lo que está atorado?, ¿es un problema de voluntad de los concesionarios, de falta de oficio político o de intereses ocultos? Quizá hay un poco de todo. Del secretario de Movilidad, Servando Sepúlveda, podemos decir cualquier cosa excepto que sea ingenuo. Quizá le falte conocimiento técnico en materia de transporte público, pero nada que no se subsane con el apoyo técnico y el conocimiento que existe en la propia secretaría. Los concesionarios tienen una sola voluntad, que es el dinero. Ellos están ahí por negocio, y si la ruta empresa es más rentable harán lo que sea para brincar al nuevo esquema. La tercera variable parece entonces ser la que está atorando la trasformación del sistema. Hay, a decir de algunos de los involucrados en el proceso, intereses encontrados dentro del propio gabinete del gobernador Aristóteles Sandoval: no todos jalan para el mismo lado.

¿Qué va a pasar si dentro de tres meses no se han logrado las rutas empresas que ha prometido el gobernador desde los primeros días de su gobierno? ¿Va a cambiar de secretario de Movilidad, va a remover a otros miembros del gabinete que obstaculizan el proceso?; ¿les va a quitar la concesión a los transportistas, muchos de ellos miembros de su partido (no todos, hay que recordar que algunos panistas también metieron la mano y se sirvieron con la cuchara del transporte público) cuando no han retirado una sola hasta el momento?

El problema de un ultimátum es que es por definición la última palabra, la última vez que se habla de un tema. En tres meses tiene que haber respuestas concretas y precisas o acciones puntuales y contundentes, pues cualquier otro escenario dejaría al gobernador en falta y derrotado. Por eso no es bueno poner un ultimátum, porque el primer obligado a cumplirlo es quien lo plantea. ¿Tendrá el gobernador todos los pelos de la burra en la mano, la visión completa de lo que está pasando en las negociaciones y claridad de los intereses encontrados de su gabinete en este tema? Esperemos, porque de no ser así, Aristóteles Sandoval terminará siendo víctima de sus propias palabras.

Diego Petersen

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