Guadalajara, Jalisco

Martes, 30 de Mayo de 2017

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Juan Palomar Verea
ENE 6 2017
La ciudad y los días

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Luis Barragán: como un dibujo de Rembrandt…

No es nada fácil escribir la historia de la arquitectura. Alguien tiene que hacerlo. Si, con suerte, se tiene afición, datos ciertos, algún conocimiento. Es vital —así, vital— para la ciudad. Cuánto más si esa ciudad tiene la fortuna de albergar una buena colección de obras de uno de los arquitectos más importantes del siglo XX, a nivel mundial. Y en la que se han demolido o desfigurado criminalmente algunas de sus obras.

Lo que sigue es una experiencia directa, apoyada en testimonios de primera mano de un testigo y actor de lo que se narra (lo que en la jerga de los historiadores se llama “fuentes primarias”). También es fruto de un conocimiento directo, aunque ya lejano, de la obra de que se trata. Para el caso, podría equivaler el ejemplo al de alguien que tuviera la fortuna de encontrarse, entre papeles irrelevantes, con un dibujo de Orozco o de Rembrandt en inminente riesgo de ser quemado. De ese tamaño, pésele a quien le pesare, puede ser el asunto.

Corrían los años de 1955, 1956, 1957. El Banco Internacional había comprado el bosque de Santa Eduviges, al poniente de Guadalajara, para hacer un desarrollo inmobiliario especulativo: Jardines del Bosque. Sus directivos tuvieron el tino de encargarle el proyecto a Luis Barragán. Intenso trabajo, gran problema para el arquitecto, quien desde 1936 vivía en México: ¿cómo preservar todo lo posible de aquella prodigiosa gigantera y conciliar esto con la urbanización? ¿Cómo organizar su rutina para este encargo?

Al efecto, Luis Barragán hizo las cosas a su (gran) manera. Contrató como su colaborador y representante tapatío a un joven ingeniero civil. Mandó desde la capital uno de sus dos Cadillacs idénticos para facilitar la organización, el que puso a disposición de su asociado. Y acondicionó para sí mismo, en una porción de la casa de una de sus hermanas, un departamento con acceso independiente. Es esta la obra que desde ahora debe preservarse (lo que quede) e incorporarse al canon barraganiano.

La casa de la hermana y su marido es una muy vetusta construcción, que hace años cambió de dueños, en las inmediaciones de la Colonia Americana. Una revisión del inmueble en su estado original reveló la inconfundible mano de Barragán en diversos arreglos, independientemente del departamento. En el jardín, por ejemplo, había —entre otras cosas— dos muros azules que cobijaban un espejo de agua, una pila, de la absoluta factura de esa época de Barragán. Dicho jardín, años después, fue destruido para construir un lamentable edificito de departamentos de “interés social”. La puerta de madera que en la esquina daba a la calle tenía una reja y un postigo que dejaba entrever un prodigioso jazmín, para beneficio del viandante. Es más que factible que el arquitecto —como era usual en él cuando encontraba interlocutores adecuados— colaborara e interactuara con el dueño de la casa y su mujer, pareja, por cierto, de muy buen gusto y señalado refinamiento.

El caso es que en el número 1046 de la calle de Madero, casi esquina con Robles Gil, Luis Barragán dejó una de sus obras (casi) desconocidas y por supuesto ausentes de los pretensiosos “catálogos razonados” que se intentan denodadamente hacer en Europa sin alcanzar a distinguir Tepatitlán de Tepoztlán (por ejemplo). Pueda esto servir de algo.

La obra: una puerta emparentada con la de la casa de Barragán en México, un vestíbulo, una escalera. Un departamento de altos. Una estancia espaciosa, una celosía (parecida a las de Capuchinas) amarilla. Una portentosa escalera de caracol también amarilla que llevaba a un curiosísimo mirador (que allí está) situado sobre la cumbrera del gran tejado de la casa. Luces cuidadosas. No mucho más. Pero los trazos del genio son inconfundibles. Muy probablemente allí mismo Barragán tenía, además de su pied-à-terre, su estudio tapatío. La fachada es de una sencillez apabullante, justa y precisa. El colaborador, el ingeniero local (Barragán era el ingeniero que vivía en México), contaba con precisión el proceso de los arreglos.

Total: esta obra, lo que quede de ella, debe ser investigada, protegida, registrada. Y presumida con toda justicia por Guadalajara. Muy probablemente, y con buena voluntad, este recuento pueda ser precisado, ajustado, completado. Ojalá.

Un viejo ingeniero, colaborador entonces del equipo, narraba hace años los muy repetidos esfuerzos de Barragán, ante el hecho consumado del desarrollo del bosque de eucaliptos, por salvar la mayor área de arbolado, y de “individuos forestales” posibles. Contaba como hacía repetir una y otra vez los planos, los trazos y secciones de las calles, para salvar otro grupo de árboles, cómo trataba de convencer a sus clientes de hacer lotes capaces de albergar a las nuevas casas y a los viejos gigantes. De allí el Paseo de las Arboledas, el Parque de las Estrellas…

Por cierto, en el mencionado Parque de las Estrellas, hay otra obra por rescatar de Luis Barragán: la capilla abierta, a la que estúpidamente le sambutieron un registro civil. Algo tendrían que decir los colonos, los “barraganólogos”, y los dizque tan preocupados salvadores impotentes y parlanchines de nuestro patrimonio.

Todo esta parte de la historia de Guadalajara, de Jardines del Bosque, de nuestro más alto arquitecto, fue generada, quizás, desde un departamento-estudio ahora al garete…y desde un Cadillac plateado en el que dos ingenieros tapatíos daban la vuelta por su ciudad.

Juan Palomar Verea

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