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Juan Palomar Verea
NOV 16 2016
La ciudad y los días

Por Juan Palomar Verea jpalomar@informador.com.mx

Pelear contra el ruido

Es una plaga urbana. No hay que equivocarse: es un enemigo. Vuelve la vida menos grata, afecta los comportamientos humanos, desbarata el tejido social, destruye la indispensable armonía de los vecindarios. Elimina de cuajo la esencial dosis de silencio sin la que el funcionamiento humano sufre graves desarreglos. El ruido es letal para la convivencia de las ciudades.

El ruido, no los sonidos: estos son el resultado natural del funcionamiento cotidiano de la comunidad. Aquél es el abuso, en científicos decibeles, de las actividades que se desarrollan. Acompañan a la vida colectiva el rumor de las conversaciones, los juegos de los niños, el discurrir discreto del tráfico, el tañido de las campanas o el puntual aviso de breves sirenas fabriles, las serenatas sensatas, el moderado progreso de las obras, los gratos acomodos de las bandadas de pájaros al caer el día, el reclamo amable de los vendedores de filo para los cuchillos, de camotes, de nieve.

Maltratan a cada habitante los estruendosos escapes, increíblemente tolerados, de ciertas motocicletas, de tantos camiones. Lo perjudican gravemente los radios y variados equipos de sonido de vecinos —o conductores- inconscientes, las fiestas privadas descontroladas, los conciertos callejeros fuera de volúmenes razonables, las “músicas” atronadoras con las que ciertos comerciantes pretenden llamar la atención, las obras de edificación mal organizadas, y casi todos los llamados “antros”.

Resulta afortunado el hecho de que, por lo menos en este último caso, el Ayuntamiento haya anunciado recientemente una campaña frontal para controlar el volumen de bares, “antros”, restaurantes y conexos. Es algo que debiera haber sido puesto en orden desde hace mucho tiempo. Porque lo más grave ha sido convertir los abusos sónicos en una costumbre según la que los emisores lo hacen impunemente, pisoteando el derecho al silencio de los vecinos; y más grave aún: el que los mismos vecinos hayan aprendido a resignarse.

La renuncia a la básica exigencia, al mínimo derecho de gozar del indispensable silencio constituye un veneno mortal para la ciudad. Y las autoridades obligadas han sido las primeras en renunciar tácitamente a garantizar este derecho. Como resultado, miles de habitantes de ciertas zonas han rendido la plaza y han abandonado sus domicilios. Y, consecuentemente, esos vecindarios se han deteriorado profundamente. Si se quiere traducir esta merma en la habitabilidad de la ciudad, y su consiguiente despoblamiento, en términos crudamente monetarios, el costo ha sido y es absolutamente exorbitante. Y más alto aún es el costo en términos de la moral de la gente: aceptar la convicción de que la ciudad no tiene remedio.

Así que son, por lo menos, dos frentes: el que debe encabezar con absoluta diligencia y energía la autoridad municipal para controlar estricta y efectivamente todo tipo de ruidos. Y el de los habitantes de la ciudad, quienes deben hacer profunda conciencia del respeto que le deben a la ciudad y evitar por todos los medios generar, pero también tolerar, ruidos perjudiciales.

Juan Palomar Verea

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