Un carro más carro que otro Domingo, 30 Diciembre 2012 por Paty Blue

El maternal deber de asesorar a uno de mis retoños me llevó al pantanoso terreno de la elección automotriz. Como es fácil de suponer, una madre no es precisamente la mejor consejera en estos asuntos, pero con mis muy escasos (entiéndase nulos) conocimientos sobre tuercas, engranajes y máquinas en movimiento hice lo que pude, aduciendo los pesos y centavos (que en eso de hacer rendir los dineros las mujeres aprendemos mucho) como criterio para elegir lo que pudiera cuadrar con los magros recursos y requerimientos de mi hijo.

En tan jabonosa coyuntura, nos dimos a la tarea de revisar diversos planes para comprar un auto en abonos, y como consecuencia de un profundo y reflexivo diálogo madre-hijo, al alimón dedujimos que el más austero de los modelos en el mercado estaría sobrado de bueno para los habituales desplazamientos urbanos de mi vástago pero, como siempre sucede cuando uno comenta sus planes con otros parientes a quienes nuestra decisión les vale gorro, no faltaron los instantáneos expertos que se apresuraron a verter su docta y no pedida opinión sobre el asunto.

Que yo me haya enterado, mi hermana nunca ha tenido una unidad con las características del que mi hijo pretende adquirir, por lo que no dejó de sorprenderme la sapiencia y autoridad con que afirmó que la inestabilidad de tales carros los hace voltearse con mucha facilidad en carretera. Tampoco sospechaba que a mi primo, el que anda en un vocho destartalado, le fuera tan relevante el tamaño de una cajuela o la limitada potencia de un motor, para que enfatizara sus certezas al respecto. Pero lo que ya de plano me sacó de onda fue la erudición automotriz de un sobrino, que ni carro tiene, para desacreditar la posible compra con un sonoro “de eso, a nada, mejor nada”.  

De manera que, desoyendo y obviando los comentarios adversos de quienes opinan de oídas pero dan por sentado el descalificado rumor popular acerca de las bondades y limitaciones de un carro, me dispuse a apoyar a mi hijo para comenzar el trámite correspondiente.

Mas, por uno de esos días en que papeles van y vienen pero nunca están completos (nomás faltó que nos pidieran la cartilla de vacunación del perro), alguien surgió por ahí esgrimiendo el más peregrino e irrebatible argumento que he escuchado, y que, a la postre, resultó ser el único capaz de enmendar la férrea convicción adquisitiva de mi hijo. Así, el enterado sugirió, y el fruto de mis entrañas lo dio por sentado y reculó su decisión, mejor se comprara un compacto de otra marca porque, que por unos pesos más, se podría hacer de un Ford, y el Ford siempre es “más” carro.

O he vivido en el error, o un carro es siempre un carro, sea cual fuere su marca y tamaño. O ¿hay carros que son medio bicicletas? ¡Ah, sí!, ya sé: es que hay carros que en realidad son motocicletas disfrazadas, o compactos con ínfulas de carro pero sin los tamaños para serlo.

Así las cosas, mi hijo está a punto de estrenar un K y no lo culpo, porque bien recuerdo que hace algunos años me hice de un Tsuru porque, cuando anuncié mi propósito de adquirir un Chevy, alguien me disuadió y luego convenció de que el primero es “más” carro que el segundo. Y tanto para que acabaran robándomelo porque, ciertamente, si bien un Tsuru no es “más carro”, sí es el más codiciado y apetecido para ser usufructuado por los cacos.