Arte de titular Domingo, 23 Septiembre 2012 por Antonio Ortuño

En memoria de Sergio Arrendondo (1969-2012)

Las madrecitas de las viejas películas les decían, juiciosas, a sus retoños: “Solamente, hijo, te pido que me des un título”. Los chamacos, claro, eran unos engominados que bebían malteadas, bailaban el a gogó y nunca se graduaban. Semejantes padecimientos asaltan el escritor al que no se le ocurre o no le sale el título de lo que garabatea (o, cabe añadir, a los lectores que nos jalamos los pelos por culpa de algún bautizo errado o estúpido).

Recordaba el poeta español Fernando Beltrán hace tiempo, en El País, una anécdota pertinente. Balzac, acorralado por un autor novel, se ve obligado a responder sus dudas sobre cómo titular su primera obra y opta por la ironía: “Muy fácil. ¿Sale algún tambor? ¿Y alguna trompeta? ¿No? Pues entonces, clarísimo: Sin tambores ni trompetas”. Algo sabía el francés del asunto: tituló (y, claro, escribió), más de cien obras, algunas con encabezados tan afortunados (e imitados) como La búsqueda del absoluto, Pequeñas miserias de la vida conyugal o Las ilusiones perdidas.

No son pocos los títulos que por comodidad o costumbre abreviamos o deformamos, lo que podría ser una muestra de su esencial error. El clásico mayor de la lengua castellana, al que todos llamamos El Quijote, por ejemplo, es ni más ni menos que El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (cabezal que Borges detestaba y consideraba una negligencia). No menos clásica es La tragedia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca, llamada así por Shakespeare pero consagrada por los siglos sencillamente como Hamlet. ¿Apreciaríamos del mismo modo la obra maestra de Vladimir Nabokov si hubiera tenido el poco tino de nombrarla como Lolita o las desventuras de una nínfula?

Hay títulos que entusiasman a los vitalistas (El arrancacorazones o Escupiré sobre sus tumbas, de Boris Vian); otros rezuman erudición (obras de Zurita, como Anteparaíso o La vida nueva, suenan a Dante puro, mientras que Negra espalda del tiempo y Mañana en la batalla piensa en mí, de Marías, son shakespereanos hasta la médula); otros más son puro acierto evocativo (Viaje al final de la noche, de Céline; Extraños en un tren, de Patricia Highsmith…).

Algunos postulan que la función de un título es llamar la atención del lector y seducirlo. Es decir: los buenos son los que venden. ¿Hemos de colegir de ello que horrores como Los hombres que no amaban a las mujeres o Harry Potter y las reliquias de la muerte (que empeora incluso si le agregamos, como en la realidad, “parte uno” y “parte dos”) son modelos de nomenclatura literaria?

Refiriéndose a Gómez de la Serna y Valle-Inclán, dijo alguna vez Francisco Garfias que ambos se habían dado “el lujo casi parnasiano de llamarse Ramón”. Hay libros que comparten las galas de su nombre; otros sólo ostentan el gusano de un anzuelo que nos busca la parte más blanda del paladar.