Mal se toreó… Peor se mató… Lunes, 17 Septiembre 2012 por Francisco Baruqui

Cual dijera Nicanor…  ¡Qué sopor..!  ¡Qué sopor..!

La quinta novillada, amigo aficionado, es tan difícil y reducida para narrar, que pues simplemente no; no merece una crónica, toda vez que lo ofrecido por los alternantes dista con mucho de algo digno para destacar cuando fueron los tenores de mediocridad y vulgaridad los que a la postre campearon en el festejo.

El ganado de Cuatro Caminos, con cuatro reses para festival dada la miseria de sus “defensas”, con platanitos a guisa de cuernos y la absoluta carencia de trapío, -- término que desconocen autoridades y veterinarios del coso que tragan hasta lo que no…--, y dos, quinto y sexto de la función que tuvieron más presencia y armamento en sus cabezas acusando, sí, crianza en peso, cumplieron bien en las puyas, resultándoles racionado el castigo dado el medido brío que mostraron, siendo devuelto el tercero dada su palpable invalidez.  Con todo…

Con todo, tuvieron movilidad sin malas ideas mostrando varios sosería que iba en demérito de la emotividad que indispensable es en el ganado de lidia.  Varios noblotes y con son, pero con el defecto de llevar altas las caritas, cuando solo el que cerró plaza fue el que más humilló.

Con condiciones tales, no fueron aprovechados por la terna que, aunque suene duro el decirlo, francamente naufragaron ofreciendo unas actuaciones por demás deslucidas cuando los cardenitos pedían más actitud, más entendimiento y más, mucha más quietud.  Había que aguantarlos por cuanto a su acometividad, pero luego iban claros a los engaños para ser templados.

El problema fundamental de los noveles del hoy es que no aprenden ni asimilan que las faenas tienen un planteamiento, un trazo, un desarrollo que va, ante todo, en hacerse del astado domeñándolo primero para torearlo.  Cuando el concepto de toreo de los jóvenes va en tan solo pegar pases y más pases, sin la conformación razonada de una labor que debe incluir inteligencia y valor, el resultado no puede ser más desalentador.

Y no dudo, por supuesto, del ánimo, la ilusión y los deseos que los chavales puedan tener, que no.  Pero sí, por lo contrario, las carencias para entender que, precisamente, el toreo no es solo salir a pegar pases sin ton ni son, sin comprender que debe de haber ritmo, cadencia, gusto para gustarse el torero y gustar al público.  Que debe de haber secuencia a lo que se plantea para hilvanar las series continuadas, y no entre los por demás vistos altibajos en los que los tres espadas  cayeron escuchando sonoros pitos al final de cada actuación.

Al tlaxcalteca Antonio Galindo le ví con mejores procedimientos, muy “vaqueado” pero con sobrado movimiento de pies.  Con el capote muy atragantao, para con la muleta cuajar series con la derecha, mejor que al natural con la zurda entre desarmes y nivel de más a menos en una labor más larga que una cuaresma sin pan, cerrando con las ya consabidas dosantinas, tan en boga en el hoy, y andar ventajista con la espada cobrando bajonazo de pitiza.

Con el cuarto desvaído, sin plan ni lucimiento menor matando de entera defectuosa saliéndose de la suerte desde perfilarse para pititos de nuevo.

Vino como “triunfador” de la Plaza México Ávila de la Torre.  Aquí de triunfo ná de ná por sus actuaciones dubitativas, sin el menor aguante ni expresión, dando la impresión de que no se queda quieto ni entrenando, a lo que si se añade lo perdido que anda con los aceros se llevó un aviso en el segundo, para con el quinto, el de mejor presentación, astifino y bien armado, amilanarse viéndose impotente para hacerse de él y torearlo.  Fuertes pitos.

De Camilo Pinilla de la hermana nación colombiana, le ví con empeño intentando hacer las cosas pero entre dudas continuas, despenando al tercero de estocada tres cuartos tendenciosa escuchando silbidos, para con el sexto…

Con el sexto, con mucho el mejor del encierro por como metía el morro con estilo, recorrido y son pidiendo que se le torease por abajo, Camilo se equivocó desde empezar doblándose con él pero levantándole el engaño al salir, y así continuar embarcando e intentando templar, pero sacando el último tiempo del pase por arriba, cuando lo que el cuatrocaminero necesitaba era que se le dejase la zarga en la cara para adentro, y ligar el pase siguiente.  No lo entendió el colombiano que pasó la pena negra estoqueando y recibiendo dos avisos del palco de la ignorancia para pitos de final.

La entrada, al salir del cartel aquí sí el triunfador Ricardo Frausto, bajó considerablemente.  Qué pena, con lo bien que estaba yendo…

Visto, pues lo visto…  Se toreó mal y…  Y se mató peor…