El operador cuestionado Domingo, 9 Septiembre 2012 por Raymundo Riva Palacio

Miguel Ángel Osorio Chong tiene un trato amable pero seco. No habla entrecortado, pero frasea como si usara una estructura telegráfica. Se le reconocen habilidades políticas, pero aún no ha mostrado ante sus pares que juegan hace años en las grandes ligas de la política mexicana, que está listo para ser su interlocutor eficiente. La crítica más común que se le hace es que en los momentos donde la negociación es interna, es tosco, incluso duro, en la persuasión.

Osorio Chong no está formado en la escuela florentina por la que pasaron y se graduaron algunas de las figuras del PRI de hoy. Pero es uno de los mandarines del presidente electo, Enrique Peña Nieto, quien lo puso a cargo de la negociación con los partidos y las cámaras dentro del equipo de transición, para ir avanzando en las reformas que desea en la primera parte de su Gobierno.

No hay duda que es una de las personas en quien más confía Peña Nieto, quien lo conoció hace poco más de seis años cuando ambos eran gobernadores electos. Cuando Osorio Chong asumió la gubernatura en Hidalgo, lo invitó a su toma de posesión, que fue correspondido en los mismos términos al asumir el poder el mexiquense en Toluca, una deferencia recíproca que los marcaría. Como gobernadores de estados vecinos, la relación se intensificó por compartir los problemas metropolitanos, y gradualmente se solidificó.

Desarrollaron en tándem una canal de comunicación directa con el Presidente Felipe Calderón a través de su jefe de Oficina y más adelante secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, con quien solían cenar regularmente en un restaurante de alta cocina española no lejos de Los Pinos y salir de madrugada, cuando ya no quedaba nadie más que ellos, en el lugar. La muerte de Mouriño alteró esa comunicación fluida que tenían con la Presidencia, como le sucedió a muchos de sus interlocutores, que perdieron a un representante eficaz de Calderón.

Buenos operadores políticos en sus estados, comenzaron juntos con el proyecto presidencial de Peña Nieto. Cuando Osorio Chong terminó el año pasado su Gobierno en Hidalgo, su puerto natural sería el PRI, en donde Peña Nieto comenzó a armar la estructura de la escalera al poder presidencial y lo puso en la línea de ascendencia para que durante su campaña recayera en él la organización y operación territorial del PRI. Al quedar instalado en el control del aparato del partido, las pinzas de Peña Nieto estuvieron totalmente en su lugar.

Sin importar quién fuera el presidente del partido, fue la tríada de Peña Nieto, con su coordinador de campaña Luis Videgaray y Osorio Chong, quienes negociaron prácticamente caso por caso las listas para puestos a elección popular, desde gobernadores a legisladores. Mientras Videgaray entró de lleno a la arquitectura de la campaña, Osorio Chong preparó el terreno a nivel nacional, donde tuvo dos derrotas importantes, las gubernaturas de Morelos y Tabasco.

En Morelos insistió que el candidato fuera Amado Orihuela, un líder cañero con mala imagen pública, por encima de un político carismático, Jorge Morales Barud. Osorio Chong siempre dijo que en todas las encuestas internas, Orihuela lo vencía, pero resultó un fracaso. En Tabasco, apuntaló a Luis Graham, el candidato del gobernador Andrés Granier, para que se quedara con la nominación, pero en sólo una noche cambió la decisión y el candidato fue Jesús Alí de la Torre, que perdió la elección.

Pero la pesadilla más grande de toda la temporada electoral se la causó lo que se conoce como el Monexgate, que resume las transferencias de dinero a los operadores territoriales del PRI a través del banco Monex, que estuvo en el corazón de la impugnación presidencial de Andrés Manuel López Obrador, y no dejar de revolotear en la opinión pública como una prueba de la ilegitimidad e ilegalidad del proceso electoral, por supuestamente utilizado para comprar votos.

La denuncia no prosperó porque los abogados de López Obrador no pudieron probar nada que no fuera lo que el PRI siempre dijo: que habían sido recursos para sus operadores territoriales. Osorio Chong quedó en medio del escándalo porque de él dependía esa estructura, que se volvió altamente sospechosa porque las transferencias de dinero se realizaron a través de varias empresas que según denuncias en la prensa, eran fantasmas.

Colaboradores de Osorio Chong aseguran que él no fue quien organizó el esquema financiero, que es lo que se ha cuestionado, pero entre quienes trabajaron cerca de él durante la campaña presidencial consideran que no tuvo el cuidado suficiente para que esa operación de pago de salarios, fuera lo más transparente posible. Sin que públicamente el Monexgate se le adjudique directamente a él, internamente es un lastre que arrastra y que motiva que lo critiquen por lo que describen como una falta de visión de largo plazo para haber calculado las consecuencias.

Osorio Chong nunca había hecho política a escala nacional, salvo su paso como diputado federal de donde brincó hace casi siete años a la gubernatura de Hidalgo. Su carrera siempre fue a nivel estatal, desde que a los 18 años entró al PRI a pegar propaganda mientras cursaba la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de Hidalgo, hasta los 29, cuando se convirtió en el presidente más joven que había tenido el PRI en el estado. Escaló la estructura partidista bajo una dinastía local, de gobernadores como Adolfo Rojo Lugo y más adelante Jesús Murillo Karam, otro de los políticos cercanos a Peña Nieto y presidente actual de la Cámara de Diputados.

Sin embargo, dicen sus cercanos, Osorio Chong no pertenecía a ninguno de esos grupos políticos, pero tampoco fue nunca vetado u obstaculizado. Fue jefe de la campaña de Manuel Ángel Núñez Soto a la gubernatura de Hidalgo y cuando vino la sucesión, entre 12 aspirantes él se quedó con la candidatura.

Como gobernador lo reconocen sus cercanos como un hombre muy meticuloso y detallista que le gustaba ser un gran anfitrión. Muy arraigado a su Estado, la Ciudad de México no fue un cambio fácil ni para él ni a su familia –particularmente para su hijo de 16 años-. Hombre familiar en los domingos, sufrió con ellos la incorporación a una ciudad que se organiza en círculos sociales cerrados y pese a sus tratos suaves es muy excluyente. Pero no tenía de otra. Ambicioso, pero cuidadoso, apostó por Peña Nieto y ganó. Es uno de sus hombres de confianza y no puede fallar. Está en la antesala de la Secretaría de Gobernación –algo que cuando se le pregunta sólo río en forma nerviosa- y de las grandes ligas, esas donde le tiene que demostrar a sus pares, que sí está listo para jugar en ellas.