Y se hizo la súbita oscuridad y, no conforme con huir sin previo aviso, el flujo eléctrico se llevó todos mis planes nocturnos y las posibilidades de seguir viviendo en un mundo asquerosamente tecnologizado del que dependemos hasta para dar un paso sin poner en riesgo la propia anatomía y, como es mi caso, hasta la del par de felinas con las que convivo y que no podrían salir bien libradas si les cayera encima por un traspiés que me obligaran a dar en semejante penumbra.
Como el suceso ocurrió cuando ni siquiera era una hora decente para recogerme en mis aposentos y esperar que Morfeo atendiera mi urgencia de caer en sus brazos, recorrí mentalmente las posibilidades de rematar la joven noche con algo más que no fuera rezar el rosario con la vista clavada en una vela crepitante, como sucedía en mi infancia apresurada, a instancias de una madre piadosa que a oscuras nos congregaba a repasar las cuentas de una sarta bendita que quién sabe quién le trajo de Roma. No tengo la certeza de que así fuera y a lo mejor hasta un falso le ando levantando a mi progenitora, pero creo que en el fondo agradecía que la luz se fuera, para dejarnos sin más alternativa que reunirnos a recitar a coro las salves, padrenuestros, avemarías, jaculatorias y letanías que duraban más que la vela que nos alumbraba.
La perspectiva de malversar las tres o cuatro horas más apetecibles del día, que habitualmente reservo para leer, socializar con la tribu a través de la computadora o seguir las incidencias de una serie televisiva que me tiene bien picada, acabó por ennegrecerme el ánimo. Por fortuna, pensé con cierto regocijo, tenía a la mano mi compu portátil con buena reserva de energía, pero pronto recapacité que, sin suministro eléctrico que me permitiera conectarme a la red, no me restaría más que jugar el solitario de la araña, que es el último peldaño del ludismo electrónico.
No era posible que, justo cuando me disponía a darme a la holganza que me representa el lapso más gozoso y disfrutable de la jornada cotidiana, me viera forzada a adoptar el plano horizontal como único recurso. Resolví, entonces, que sería el óptimo espacio para llamar a una entrañable amistad que tengo medio olvidada, pero con un celular descargado y los teléfonos inalámbricos fuera de operación, tuve también que abortar la misión y refundirla en el costal de las frustraciones nocturnas.
¡Ya sé!, me dije cuando el foco mental, que no depende de un transformador que truena con estruendo, se me encendió. Me voy a preparar un cafecito para conversar a la luz de las veladoras perfumadas que tengo vicio de comprar, pero que nunca enciendo porque se me acaban. Por suerte, la cafetera tempranera no se había agotado, por lo que bastaba con llenar una taza y recalentar en el microondas, que hasta que introduje la vasija con todos sus aditamentos recordé que no jala sin corriente eléctrica, qué contrariedad. Pero como el cafecito era lo único viable entre mis oscurecidos propósitos, me di a la tarea de ubicar a tientas un pocillo caído por años en desuso. No fue tarea fácil localizarlo al tacto, o hacerlo auxiliándome con una vela por la que casi me prendo las greñas, pero lo conseguí y vacié el contenido de la taza para calentarlo al fogón que, hasta que intenté activarlo, me percaté de la maravilla de su encendido electrónico. Desolada y lanzando denuestos contra la compañía de luz que no resuelve las emergencias con la celeridad que nuestra impaciencia demanda, me fui a la cama sin sueño y maldiciendo que mi felicidad cotidiana dependa del sano suministro eléctrico.