Un rumor muy alto y sordo se levantó. Es el anuncio de la naturaleza a los mortales de que su día, ingenuamente planeado, ya no será el mismo: la granizada de una de estas tardes fue bíblica. Hubo un damnificado. El murciélago de guardia en el jardín, quien había encontrado bajo la banca de piedra de la pérgola un recuerdo de una mínima caverna enlamada. Una vez que el meteoro pasó, su enjuto cadáver enlutado yacía entre las hojas arrancadas a la enredadera y las costras de hielo. Se extrañará su vuelo preciso y silencioso, que venía a acompañar ciertas veladas en el balcón. De qué remotísima edad venía ese aleteo furtivo, ese tino discreto, esa voluntad nocturna y acendrada mientras revoloteaba alrededor del níspero en flor. Tumba con honores detrás del macizo del magnolio. Ya apaciguada la noche, el inconfundible sonido de las guayabas al caer contrapuntea el ritmo del tráfico insistente.
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De Nueva York, uno de sus últimos "hits". Es la High Line de Chelsea: un abandonado viaducto elevado para los trenes que en alguna época llegaban a un distrito industrial cuya vocación varió. Ahora, la ciudad decidió convertir la larga estramancia en un muy exitoso parque lineal. La jardinería (de Piet Oudolf) es atinada, los pavimentos cuidadosos y un poco amanerados. La gente pasea feliz entre las nuevas perspectivas y desemboca en el mercado de Chelsea que también ha sufrido una mutación muy acorde a la yupificación del contexto. Caminata por Bleeker Street rumbo al Greenwich Village, que cada año se va volviendo más catrín. Las tiendas de cupcakes cada vez son más sofisticadas, y socorridas. Un alto en una plaza esquinera hace entender que esta ciudad cuida también a veces de ser amable y vecinal.
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Otra relativa novedad: el New Museum, tan celebrado él, obra del despacho japonés Sanaa y sus premios Pritzker Kazuyo Sejima y Ryeu Nishizawa. Se trata de una serie de cajas bobas apiladas una en la otra, forradas con una piel de alambritos terminados con cierta cuachalotez. Una rosa gigante adorna el conjunto. El interior son más cajas aún más bobas resueltas con cierta confusión y ningún relieve espacial. Pero había una exposición que se llama "Ghosts in the machine" cuyos contenidos eran intrigantes y de repente hasta bonitos. Había la reconstrucción de una máquina imaginada por Franz Kafka destinada a hacer morir a sus pasajeros, dueños ya de una última lucidez, con una precisa mezcla de torturas y de placer. Había una tela azul volando gracias al soplido de un ventilador que transfiguraba una de las salas y le daba un cierto aire aventurado y marinero. Al final, había una buena librería.
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En la pletórica oferta gastronómica neoyorkina destacaron algunos lugares. El Mumofoku (¿onomatopeya de "motherfucker"?), no lejos de Grammercy Park, es un restaurant que se arriesga con una fusión de sabores y comidas coreano-mexicano-gringo y algunas cosas más. Todavía no descubierta por demasiados turistas, la experiencia fue muy recomendable. Otro lugar, este japonés, se llama Sasabune y está por el rumbo del East Village. Llega uno atraído por una fama precoz y unánime. Un mostradorcito mispuerco y dos mesas, como un local de comida para llevar. Lo recibe un amable mesero de Puebla que espeta las advertencias de que la comida es muy cara y que nadie ordena nada: es el chef quien decidirá lo que cada quien come. Si se opta por aventurase, probablemente se experimente la mejor comida japonesa existente en el hemisferio. Y así fue. Fluye un muy buen sake y los ignotos platillos van de sorpresa en deliciosa sorpresa.
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La Neues Gallerie es una iniciativa conjunta de los gobiernos de Alemania y Austria por exponer su cultura en una espléndida mansión de la Quinta Avenida. La calidad museográfica y de las instalaciones es insuperable. Había una exposición, corta y doblemente recordable, de Gustav Klimt. Para darle un apropiado contexto, se acompañaba de muebles y objetos decorativos de la época del gran pintor. Tal un reloj absolutamente inolvidable de Adolf Loos: el tiempo llevado a su esencial expresión, con una simplísima y elegante contundencia. La suntuosa sensualidad de Klimt se explicaba en la serie de fotografías que mostraban al pintor y su musa, vestidos con amplias túnicas y muertos de risa. Además había una muestra de las excelentes fotografías de Alfred Stieglitz y sus compañeros de generación del célebre estudio 219. La calidad y el refinamiento de técnicas e impresiones son pasmosos.
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Por supuesto, el Museo Metropolitano. Las salas de Oceanía, con una especie de navío hecho de muchos pequeños trineos que cuelga del techo como una sombra alucinante. O la azotea, en donde siempre se gozan las mejores vistas del Central Park. Y otra estramancia más que peculiar: una instalación abordable y caminable de Tomás Saraceno, futurista y arcaica. Una exposición inmejorablemente montada, intenta un diálogo entre Schiaparelli y Prada. Pero ver otra vez las salas de los vestigios (y los saqueos) de la antigüedad clásica deja en el ánimo un como viento remoto y esencial.
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Y el Moma. Clemente Orozco, entre tanta cosa, refulge. Una muy bonita exposición de diseño para los niños a lo largo del siglo XX. Luego De Chirico, Duchamp: Rose Selavy: Rose: "c’est la vie". Matisse cada año pinta mejor. Sorprendente: la muestra de Alighiero Boetti: un mapamundi inolvidable, hecho de banderas, que viaja a México en módica reproducción. Y qué tapices afganos en una sala extraordinaria…
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"Los lotes baldíos
y la luna
por donde va mi errancia
vencido por la sombra
sujeta a la casa de mi corazón."
Estos versos de André Breton, copiados al vuelo en algún museo que la memoria no logra precisar, se funden ahora con los días neoyorkinos. Mañanas, muy temprano, desde una terraza del West Side, viendo como el día despunta y la babel sigue su marcha de bestia invencible y ávida. Vértigo de la dulzura y la gracia, al borde del prodigio. Desde el barco, el perfil de la ciudad marca su profundidad en las estelas que poco duran. Una mujer que es todas las mujeres levanta una luz cuyo resplandor acompañará para siempre a quien lo vio.