El muladar que nos toca Viernes, 17 Agosto 2012 por Martín Almádez

Alguien dice que el centro de la ciudad está intransitable por tanto comercio callejero. Que hace apenas un par de años no estaba así y que ahora es un tianguis desbordado.

Ese alguien tiene razón. Mucha.

El centro de la ciudad se nos volvió loco, se nos desordenó más todavía y nadie quiere hacerse responsable, ni el que trabaja de alcalde.

Es un gran tendedero de baratijas, de gritos y olores, las esquinas de los portales se muestran escudadas por puestos de fruta multicolor y churros azucarados, chamarras que cuelgan como estandartes sobre el parquímetro, medicamentos inauditos con el vegetal de donde provienen, exhibidos en un acto insólito y dramatizado por el curandero en plena vía peatonal.

La ciudad es la misma de siempre solo que más sucia y caótica, rehén de la corrupción y de intereses privados.

Alguien que trabaja de alcalde dice que esto no es cierto. Que solo se trata de la vida normal de una ciudad. De algo normal como el hacinamiento de comerciantes informales que delinquen y trafican solapados por la misma estructura de gobierno.

La corrupción también se dice ser formal porque tiene licencia para comerciar. Porque formalmente se talaron 139 árboles para que prospere el comercio de los anuncios espectaculares, ningún árbol será motivo de enriquecimiento económico particular. Pero el que trabaja de alcalde nos tranquiliza y pone las cosas en su lugar cuando dice que no se dio cuenta de lo acontecido y tampoco puede tener a un policía en cada esquina. Además ya ordenó reforestar.

Para mucha gente el orden comercial de una ciudad y sus zonas verdes son fundamentales para su calidad de vida. En Guadalajara sus autoridades oficiales no lo son porque no resguardan lo que la ley les obliga resguardar, más bien son autoridades de facto y fácticas porque responden a intereses de grupo sin ser conscientes de la trascendencia de su (ir) responsabilidad. O peor, siéndolo.