“¡Salud al que ame; muerte al que no sepa amar!”; “Todo enamorado es un soldado” (Ovidio); “Oppius: ¡payaso, ladrón, sinvergüenza!”; “36 parejas de guardianes de Constanza lucharán en Nuceria el 31 de octubre y del 1 al 4 de noviembre”.
Todas estas frases salieron de grafitis, originales grafitis de la Roma antigua, donde rayar la pared era cultura, costumbre de todos los días. No todo lo que se escribía en la pared eran poemas de Ovidio u odas al amor, como los dos primeros de aquí arriba, la mayoría eran obscenos, tan obscenos que los de la central camionera palidecen de ternura frente a ellos. El insulto a los políticos, como el destinado a Oppius (Gaius Oppius, un íntimo amigo de Julio César, es probablemente el destinatario) era otro de los usos del grafiti romano, y anunciar los carteles de lucha libre en las paredes, como se ve en el ejemplo cuatro, es algo tan poco original como rayar las paredes.
El grafiti en México es, como en todo el mundo, un asunto cultural: es una cultura que en la mayoría de los casos produce cosas horrorosas, rayones incomprensibles en propiedad ajena y cuya función es delimitar territorio, cual perro que marca con orina un poste. Pero es a fin de cuentas un asunto cultural y hay que entenderlo como tal.
Combatir con cárcel una mala costumbre es un absurdo. Cuando un niño en su etapa desarrollo pintarrajea la pared (todos lo hicimos y todos nuestros hijos lo han hecho) aplicamos un castigo proporcional, esto es lo ponemos o nos pusieron a limpiar la pared, pero a nadie lo encierran siete días en un armario por pintar en la sala de su casa.
En las culturas urbanas de los jóvenes contemporáneos el grafiti es por definición una transgresión. Entre mayor sea la transgresión más placer causará hacerla. Sin dejar de perseguir y castigar el daño en propiedad ajena y en monumentos, pintar las bardas y las puertas de los barrios hay que combatirlo en las calles, trabajando con los chavos, y en las escuelas. Lo que hay que combatir, pues, no es el grafiti sino el daño en propiedad ajena, y para eso nuestras leyes actuales son suficientes, el problema es que no hay capacidad para aplicarlas, como tampoco habrá para aplicar la nueva. La iniciativa propuesta en el Congreso es la típica reforma penal de emergencia, aquellas que se hacen para beneplácito de la tribuna pero que no contribuyen a generar una mejor convivencia social. Sirven para que mañana un diputado pinte en una pared “Fulano cumple; con leyes más fuertes combatimos el grafiti”.
Salud al que piense...