En Jalisco, aunque no se note —quizá por modestia de los burócratas de angora que cobran puntualmente en ella como si trabajaran—, hay una Secretaría de Promoción Económica. En el portal de internet de la dependencia, a manera de tarjeta de presentación, hay un texto por demás barroco y gongorino, esculpido por un poeta ignoto: “Nos encargamos de promover el desarrollo económico sostenido, generando un contexto propicio para la competitividad e innovación en los sectores productivos, mediante el impulso de la inversión e infraestructura. También promovemos —agrega— una nueva cultura empresarial, potenciando la diversidad y vocación de cada región en condiciones de sustentabilidad para beneficio de las familias jaliscienses”.
-II-
Puestos a separar la paja de ese “rollo”, para dejar el grano, y a aplicar la razón de ser de una dependencia gubernamental (pagada, pues, en última instancia, por el ciudadano de a pie) al conflictivo tema del comercio ambulante en el Centro Histórico de Guadalajara, sería lo ideal, como ya se ha hecho en otras ciudades del país —el Distrito Federal, como inmejorable botón de muestra—, “impulsar la inversión”, oficial o de particulares, y adecuar la “infraestructura”, para generar una actividad comercial que trascienda la proliferación de changarros para el expendio de chucherías. “Promover una nueva cultura empresarial (...) para beneficio de las familias jaliscienses”, implicaría dar mejores opciones a los vendedores de baratijas, para no condenar a sus hijos a ser también, en su momento, en el mejor de los casos..., vendedores de baratijas.
-III-
Entender así la promoción económica es (mejor dicho: ¡debería ser...!) una de las mejores maneras de “aterrizar” —como ahora se estila decir— el verbo gobernar. Controlar, pastorear —o como quiera decirse— a quienes ejercen esa actividad, por lo demás honesta, o a los oportunistas que se erigen en sus líderes, poco o nada abona a favor de la dignificación de los espacios públicos... ni, mucho menos, al cacareado “beneficio de las familias jaliscienses”. Actuar de esa manera no es propio de gobernantes: es propio de pusilánimes que, animados por el vano afán de quedar bien con todos, consiguen exactamente lo contrario.
Por lo pronto, el contraste entre los floridos versos de la Secretaría de Promoción Económica y la grotesca realidad cotidiana, demuestra que cuando los hechos no concuerdan con la ciencia ficción que caracteriza discursos, boletines y portales de internet de las dependencias oficiales... peor para los hechos.