El Guadalajara perdió en los últimos diez minutos un partido que no supo ganar en ochenta.
El dominio territorial de los rojiblancos sobre el Santos Laguna llegó a ser abrumador. El dominio táctico, sin perjuicio de los inevitables sobresaltos derivados de los riesgos que tienen que correrse cuando se juega tanto tiempo en territorio enemigo, con la consecuencia de que los espacios se abran atrás en la misma medida en que se cierran adelante, fue neto.
Sin embargo, se perdió...
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Se perdió, por principio de cuentas, porque el silbante —llámese Marco Antonio Rodríguez o Perico de los Palotes— tuvo argumentos para anular dos goles a los rayados en los primeros minutos: uno por una mano de un atacante, previa al servicio que sería rematado por Luis Pérez; el otro porque Márquez Lugo apoyó el codo derecho sobre la espalda de un zaguero rival, desplazándolo del lance, antes de rematar de cabeza hasta la red.
Los dos “goles” —que en realidad no lo fueron— se invalidaron, con la correspondiente ira de los rojiblancos. Si el árbitro los hubiera dado por buenos, habrían sido los albiverdes quienes se hubieran declarado víctimas de un atraco del juez, y los especialistas en destrozar las decisiones del silbante —que se dan en maceta, por cierto— se hubieran dado vuelo exhibiendo los videos en que aparecían las infracciones que antecedieron a los dos remates.
Se perdió, después, porque volvió a faltar contundencia al ataque rayado. Y se perdió, finalmente, porque el afán de atacar a ultranza generó el desequilibrio táctico que se tradujo, a su vez, en los huecos que Quintero, Suárez y Lugo aprovecharon para ser punzantes en los minutos finales... hasta el punto de que Michel y Reynoso terminaron salvando a su equipo de una derrota más sonora.
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Total, que el Guadalajara mereció empatar —por lo menos— ante el Toluca en la primera jornada, y mereció ganar ayer al Santos Laguna.
Pero como este jueguito no es de merecimientos sino de goles, el resultado es el cero al cociente que los rayados tienen en el tabulador.
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El reverso de la medalla sería el Atlas: podrá argumentarse que su desempeño ante el Pachuca no fue convincente... pero los tres goles con que se escribió la historia desmienten, de manera rotunda, los demás argumentos.
Moraleja de la historia: “Goles son amores, y no buenas razones”.