Por Xavier Toscano G. de Quevedo
El espectáculo taurino, como fiesta popular nace en la Península Ibérica y tiene un importantísimo arraigo en varias ciudades de Francia, Portugal, y con la conquista llego a toda la América Latina, aunque ya sabemos que con el paso de los siglos queda reducida solamente a México, Colombia, Perú, Ecuador y Venezuela, países en donde goza de la aceptación y respeto de una gran parte de sus habitantes, que profesan la afición a los toros.
Sin embargo recordemos que este bello espectáculo a partir de sus inicios como fiesta del pueblo, es decir, cuando deja de ser un entretenimiento exclusivamente de la nobleza y van ganando prestigio y fama sus mozos de a pie, siempre ha contado con detractores, que observando posturas políticas han buscado a través de los siglos la posibilidad de abolir las corrida de toros argumentando más que discutibles incompatibilidades, como lo fue el pensamiento de Gaspar Melchor de Jovellanos y su grupo de intelectuales que no concebían e imaginaban una fiesta en España diferente a las costumbres europeas de su época.
Y lo que son las cosas, 250 años después los grandes intelectuales de España, los de la época de oro, serían los grandes difusores de un espectáculo cultural en la que participan por igual escritores, artistas, políticos, hombres de empresa y sociedad, convirtiéndola en uno de los acontecimientos populares más dinámicos y de mayor penetración social en los países donde el espectáculo se vive plenamente y es el más aceptado por una parte importante de la población.
Hoy muchos políticos incapaces – en clara y burda imitación a los gubernativos de Cataluña- pretendiendo acarrear agua a su molino, de una forma demagógica y distorsionada han venido presentando a la fiesta de toros como un espectáculo cruel y contrario a la sensibilidad de los pueblos – cuando ellos mismos, han autorizado cínicamente actos de bestialidad en contra de la vida - y probablemente su argumento y argucias les han funcionado con algún sector de la población que se han suman a sus causas por la ignorancia absoluto y total de lo que es y significa este hermosísimo, y único espectáculo.
Así, vemos de nuevo que el fantasma de las prohibiciones no ha dejado de amenazar a los países donde existe la fiesta y hoy le ha llegado de una forma artera y prepotente a Colombia en la ciudad capital Bogotá, que está viviendo este drama dictactorial en manos de su alcalde Gustavo Petro, quien mostrando una conducta autoritaria e inadmisible canceló el contrato de arrendamiento vigente de la Plaza de Toros Santamaría a la empresa que dirige Felipe Negrete Mosquera que tenía vigencia hasta el año 2015.
El argumento del alcalde Petro, fue la supuesta advertencia que manifestó al inicio de año, en la cual él recomendaba que los festejos taurinos que se realizaran en la ciudad de Bogotá, fueran sin la “suerte suprema”, es decir la muerte del toro en el ruedo. Como no se hizo caso a sus “recomendaciones”, fue que tomó la decisión unilateral de cerrar la Plaza Santamaría.
Obviamente las réplicas de los aficionados colombianos y de los involucrados en la fiesta brava no se han tardado en esta difícil y laberíntica situación, en la que Felipe Negrete enfatiza que guiará sus esfuerzos de manera legal con el solo propósito de “abrir de nuevo la Plaza de Toros Santamaría para los aficionados de la Capital, sometidos hoy a un injusto éxodo”.
La tradición taurina marca claramente el orden y la forma en que deberá llevar a cabo este espectáculo, pero además cabe resaltar que también existen leyes y reglamentos que la regulan y esto es en todos los países en que se da la fiesta. En el caso concreto de Colombia, está la ley 916 del año 2004 que específica literalmente la muerte del toro en el último tercio de la lidia, para lograr una reforma ésta deberá darse en El Congreso de La Republica, quienes son los únicos autorizados a modificarla.
El Procurador colombiano Alejandro Ordóñez al respecto se pronunció: “Recordemos que el espectáculo taurino es una practica avalada por la sociedad, que viene de antiguo y está arraigada en la practica cultural de estos pueblos . . . y es la ley taurina que vincula a la fiesta con la sociedad y su entorno y por lo tanto la ampara”.
Finalmente las palabras del novelista peruano y Premio Novel de Literatura Mario Vargas Llosa que tienen sustento y un peso específico muy importante, al tema de Bogotá exteriorizó: “No debemos avergonzarnos de nuestra afición por los toros, una fiesta que por tradición y por todo aquello que ha inspirado en el mundo de la cultura ha enriquecido extraordinariamente la vida de las gentes. En los casos de las ciudades de Colombia, donde celebran la gran fiesta de los toros desde hace más de un siglo, esperamos que se puedan celebrar con la misma libertad de ahora en adelante”.
¿Podrán suspender los detractores la fiesta en Bogotá? Esa contestación hoy no la tenemos.
Pero mientras en una plaza, estén presentes toreros vestidos de seda y oro para crear este arte sublime que cautiva a muchas personas que admiran y aman este bello espectáculo que sólo existe y se erige dentro del asombroso y mágico mundo que crea su Majestad, El Toro Bravo, no. Indudablemente que no.