Sin ideología Domingo, 22 Julio 2012 por Guillermo Dellamary

Es un vacío enorme, toparse con una mente hueca de ideas. En un pensamiento sin ideología, brotan las palabras sin sentido, ni fuerza, ni pasión. Pueden ser elocuentes, pero nunca nutritivas.

La demagogia es un entramado de discursos con finas expresiones y rimbombantes posturas, pero carentes de fondo. Finalmente, no dicen nada.

Los oradores sin ideología, son como guerreros con elegantes vestuarios y sofisticadas armas, per todas de papel. Son puras apariencias. Deslumbran, pero no iluminan.

Los políticos, sin ideología son propensos a la traición y a brincar de cargo en cargo sólo preocupados por su vanidad.

Los empresarios, a su vez, viven en la ignorancia del trasfondo de las cosas, porque su mundo es el dinero. Ganar y ganar.

No todos los hombres inteligentes tienen ideología, ni todos los que presumen poseerla, son inteligentes.

El traspatio es la convicción de que existe algo firme, en algo seguro en que creer. El mundo de las ideas es un paso firme hacia la certeza. Es el andamiaje por medio del cual traspasamos el límite de nuestra ignorancia.

Un hombre de ideología, es como un alpinista que aspira a llegar a la cumbre, llevando a cuestas todo lo necesario para lograrlo, y en su corazón la convicción de que en su lucha está el triunfo.

La meta no es sólo un lugar al que hay que llegar, sino la cúspide de un esfuerzo que se ha hecho con plenitud.

Es denigrante escuchar políticos sin ideología, engendros del poder que vitorean batallas  en las que nunca han participado. Exhalan bochornosas palabras, sin pensarlas ni masticarlas. Pues hay que decirlas para que imparten en el auditorio. Pero en su alma se desvanecen porque nunca salieron de ahí.

El que tiene una ideología, la nutre, la acaricia, la pule con la sabiduría y se la devora con los tenedores de la libre conciencia. La deglute con placentera armonía y la comparte con exquisita pasión.