Se le llama “placer culpable” al que no se tienen motivos válidos para justificar o explicar y que, sin embargo, se procura: comida chatarra, programas de televisión estultos, películas infames. O, en el caso de la literatura, libros horripilantes, vergonzosos, pero que establecen alguna clase de conexión con nuestros apetitos primordiales. Libros, podríamos decir, que nos gustan justo antes de que pensemos en ellos, puesto que si pensáramos en ellos dejarían de gustarnos.
Pocas charlas menos alentadoras que aquellas en las que algunos lectores se confiesan mutuamente esos “guilty pleasures”, ya sean estos, digamos, historias sentimentales plenas de sujetos con torso taurino y de chicas guapísimas y sofocadas de pasión; o también, tal vez, sagas de 10 libros sobre maguitos adolescentes (luego del millón de imitaciones y derivados que se precipitaron sobre el planeta debido a su éxito, Harry Potter parece Herodoto de tan clásico), etcétera.
Sin embargo, dichos placeres culpables han cumplido, en ocasiones, una función literaria no desdeñable. Autores tan disímbolos como Vian o Banville han sobrevivido y pagado las cuentas con el dinero proporcionado por novelas policiales escritas bajo seudónimo y que resultaron, a la larga, tanto o más leídas que sus obras “serias”. Ambos, huelga agregar, eran lectores entusiastas de las noveletas populares de detectives tanto como de otras influencias más lustrosas. Y esos “divertimentos” suyos ya los quisiéramos muchos como obras consagratorias para un día domingo.
Pero, en la otra cara de la moneda, existen libros e incluso me atrevería a decir que autores a los que detestamos sin razones de peso, por motivos nimios o, incluso, viles. Borges, quien era un entusiasta de este tipo de rencores instantáneos (se cansó de llamar idiotas a autores como Beckett o Jarry sin tomarse la molestia de explicarse jamás), recuerda que Macedonio Fernández rebajaba al gran Víctor Hugo a “gallego insufrible”. Evelyn Waugh gustaba de decir que su pasatiempo favorito consistía en calumniar a Aldous Huxley. Capote detestó a Kerouac nada más ver su fotografía y confirmo su aborrecimiento con la lectura de la primera página de On the road: declaró que aquello no era escritura sino mecanografía…
Los odios gratuitos nublan la lectura. Cuenta Ibargüengoitia ?en una de sus deliciosas crónicas sobre la vida intelectual mexicana? que cuando ganó un certamen de dramaturgia de Bellas Artes a Celestino Gorostiza, por entonces director de la dependencia, casi le da el infarto: varios jurados detestaban al ganador, pero no tuvieron reparos en elegir su obra, pues su autoría la ocultaba un seudónimo.
El prejuicio es una tara de la inteligencia pero resulta, al parecer, inevitable en la conformación de criterios literarios. Por ello, quizá valga la pena recordar aquella sentencia de Stevenson: habría que leer todos los libros como si el nombre de su autor se hubiera extraviado.